sábado, 31 de diciembre de 2011
Nash versus Adam Smith
En el año 2004, y tras dos años de investigaciones full time, el otrora gurú de la city porteña Walter Graziano, influyente economista en la década de los '90 en Argentina, describió en su "Hitler ganó la guerra" una presunta manipulación en la formación académica de los economistas en todo el mundo, urdida en los más altos niveles del poder mundial, a los fines de favorecer la diseminación de las políticas económicas neoliberales y la globalización mal administrada que vemos hoy en día. Graziano ilustra una confabulación impresionante para dejar de lado un importante descubrimiento que hubiera cambiado radicalmente, desde hace ya más de cincuenta años, tanto la teoría económica, como la formación de los economistas profesionales, las políticas económicas de los gobiernos y la vida diaria de mucha gente. "Hitler ganó la guerra" muestra los resultados de una investigación que supo de antemano iba a generar un grado de estupor enorme entre muchas de las personas con las que ha estado rodeada durante toda su carrera profesional. Eso hace doblemente interesante leer los resultados de su investigación. John Nash, en 1994 obtuvo el Premio Nobel de Economía por sus descubrimientos acerca de la denominada "Teoría de los Juegos" en los que descubrió, literalmente, que A. Smith -el padre de la economía- no tenía razón cuando en 1776 en su obra "La Riqueza de las Naciones" esbozó su tesis principal -y base fundamental de toda la teoría económica moderna- de que el máximo nivel de bienestar social se genera cuando cada individuo, en forma egoísta, persigue su bienestar individual, y nada más que ello. El descubrimiento de Nash significa la demolición del individualismo y de la libre competencia como base central de la teoría económica. Nash y sus descubrimientos deberían haber demolido a Smith, y con él a gran parte del arsenal teórico que se enseña en las universidades y nos venimos a enterar 50 años después. Es necesario remarcar que Nash descubre que una sociedad maximiza su nivel de bienestar cuando cada uno de sus individuos acciona a favor de su propio bienestar, pero sin perder de vista también el de los demás integrantes del grupo. Demuestra cómo un comportamiento puramente individualista puede producir en una sociedad una especie de "ley de la selva" en la que todos los miembros terminan obteniendo menor bienestar del que podrían. Con esta premisa, Nash profundiza los descubrimientos de la Teoría de los Juegos, descubierta en la década del '30 por Von Neumann y Morgestern, generando la posibilidad de mercados con múltiples niveles de equilibrio según la actitud que tengan los diferentes jugadores, según haya o no una autoridad externa al juego, según sea el juego cooperativo o no cooperativo entre los diferentes jugadores. De esta manera, Nash ayuda a generar todo un aparato teórico que describe la realidad en forma más acertada que la teoría económica clásica. A pesar de que se trata de un concepto muy básico, prácticamente nada de la Teoría de los Juegos se enseña a los economistas, casi nada hay escrito en otro idioma que no sea el inglés, y obviamente, lo escaso que se enseña en carreras de grado y postgrado se hace sin formular la aclaración previa de que al trabajar con la Teoría de Juegos se usa un herramental más sofisticado y aproximado a la realidad que con la teoría económica clásica. A punto tal llega esta distorsión que se silencia que la gran teoría de Smith queda en realidad anulada por la falsedad de su hipótesis basal, cosa demostrada por Nash. En la carreras de economía, tanto en universidades privadas como en las pública de todo el mundo, se sigue enseñando desde el primer día hasta el último que Smith no sólo es el padre de la economía, sino que además estaba en lo correcto con su hipótesis acerca del individualismo. Los argumentos que se utilizan para explicar que supuestamente tenía razón se basan generalmente en desarrollos teóricos anteriores al descubrimiento de Nash y en cierta evidencia empírica percibida no sin una alta dosis de arbitrariedad. Muchos de los profesores que día a día enseñan economía a sus alumnos ni siquiera han sido informados de que hace más de medio siglo alguien descubrió que el individualismo, lejos de conducir al mejor bienestar de una sociedad, puede producir un grado menor, y muchas veces muy apreciablemente menor, de bienestar general e individual que el que se podría conseguir por otros métodos de ayuda mutua. Los descubrimientos de Nash fueron efectuados a principios de los '50, y fueron hechos nada menos que en Princeton, no en algún lugar alejado lugar del planeta, sin conexiones académicas con el resto de los economistas. Por lo tanto, el descubrimiento de Nash acerca de la falsedad de la teoría de Smith debería haber puesto en estado de alerta y en emergencia a la comunidad de los economistas en el planeta entero. Ello, por supuesto, no ocurrió, en buena medida debido a que sólo un reducido núcleo de profesionales de la economía se enteró a inicio de los años '50 de la verdadera profundidad de los descubrimientos de Nash. Y calló, guardó silencio absoluto al respecto. Mientras los otros economistas además de carecer de información alguna en ese sentido, se les enseña enormes dosis de teorías y modelos económicos desarrollados en la década del '50, precisamente cuando ya esa incorrección era conocida por esos pequeños e influyentes núcleos académicos, los que no sólo continuaron entronizado la premisa básica del individualismo smithsoniano, sino que intentan universalizar para todo momento del tiempo y del espacio los desarrollos económicos clásicos y neoclásicos iniciados por el propio Smith. Según Graziano, adicionalmente se habría manipulado la enseñanza del teorema del "Second Best" y también nos venimos a enterar 50 años después. Graziano asocia esta presunta manipulación de los descubrimientos de Nash con otra similar teórica, más pequeña pero fundamental también dentro de la teoría económica, "El Teorema del Segundo Mejor" de Lipsey y Lancaster, que resumido enuncia que si una economía, debido a las restricciones propias que ocurren en el mundo real, no puede funcionar en el punto óptimo de plena libertad y competencia perfecta para todos sus actores, entonces no se sabe a priori qué nivel de regulaciones e intervenciones estatales necesitará ese país para funcionar correctamente. O sea, dice Graziano, que Lipsey y Lancaster descubrieron que es posible que un país funcione mejor con una mayor cantidad de restricciones e interferencias estatales, que sin ellas. El Teorema del Segundo Mejor apenas se explica a los economistas en universidades públicas y privadas. Aún cuando sus implicancias son enormes, generalmente se lo da por sabido en sólo una clase, en apenas una media hora, y se pasa a otro tema. Resulta casi una rareza exótica insertada en los programas de estudio. Si combináramos los descubrimientos de Nash, Lipsey y Lancaster, lo que obtendríamos es que no puede establecerse a ciencia cierta, y de antemano, qué resulta mejor para un determinado país, sino que ello dependerá de una gran cantidad de variables. Por lo tanto, toda universalización de recomendaciones económicas es incorrecta. Según Graziano, se habría urdido toda esta manipulación para favorecer las teorías de Milton Friedman. Luego de más de una década de estudios, Friedman y sus seguidores llegan a la conclusión de que la actividad del Estado en la economía debe reducirse a una sola premisa básica: emitir dinero al mismo ritmo en que la economía está creciendo. Pero las teorías de Friedman, si bien nacieron en EE.UU., casi ni se tuvieron en cuenta en el mundo desarrollado para su aplicación práctica. Mientras los descubrimientos de Nash, Lipsey y Lancaster permanecían ocultos para el gran público y apenas diseminados entre los propios profesionales en economía, teorías íntegramente basadas en los supuestos básicos de A. Smith, y que Nash demostró que se hallaban equivocadas, como la monetarista de Friedman, no sólo recibían una enorme difusión en los medios de comunicación, sino que además contaban con el beneplácito del establishment, y comenzaban a hacer estragos en países tomados como laboratorios, todo ellos a pesar de que al basarse íntegramente en los presupuestos de Smith, de antemano los principales académicos de EE.UU. no podían desconocer que se trataba de teorías económicas fundadas en supuestos incorrectos, por lo que sus chances iniciales de éxito eran casi nulas. Y también toda esta manipulación, según Graziano, habría estado al servicio de las teorías del "ingeniero" Robert Lucas. Pero falta comentar acerca de la hija directa de la Escuela Monetarista: la Escuela de las Expectativas Racionales y su desmesurada influencia en todo el mundo. Al respecto dice Graziano: La escuela de Expectativas Racionales reduce aún más el papel para el Estado de lo que ya había hecho la Escuela Monetarista. Un país, según Lucas, no debe hacer nada más allá de cerrar su presupuesto sin déficit. Si el desempleo es de dos dígitos, no debe hacer nada. Si la gente literalmente se muere de hambre, no debe hacer nada. Un buen ministro -para esa escuela- debe dejar en piloto automático a la economía de un país, y sólo debe preocuparse de que el gasto público esté íntegramente financiado con recaudación de impuestos. Esto es lo que hoy exactamente se esta haciendo en toda una Europa que se derrumba. Robert Lucas, de profesión ingeniero, también en la Universidad de Chicago, tras una década de abtrusos cálculos matemáticos, basados íntegramente en la hipótesis fundamental de Smith, llega a la conclusión de que cualquier país, en cualquier momento del tiempo, ni siquiera debe emitir dinero al mismo ritmo que crece. De esta manera, hasta la regla de oro de Friedman es abolida por esta escuela cuyo auge intelectual se ubicó en la década del '80. La hipótesis fundamental de Lucas es que el ser humano posee perfecta racionalidad y toma sus decisiones económicas sobre la base de ella. Esta hipótesis psicológica fue duramente criticada, pero Lucas y sus seguidores se escudaron en el razonamiento de que no hacía falta que cada uno de los operadores económicos fuera perfectamente racional, sino que sólo era necesario que el promedio de los operadores económicos se comportara con perfecta racionalidad para que sus teorías fueran válidas. Esto implica transformar la hipótesis psicológica de la perfecta racionalidad en una hipótesis sociológica: se supone que los desvíos en la racionalidad humana, en una sociedad, se compensan entre sí. Se trata como se ve, de un supuesto exótico, rarísimo, pero a la vez tan central en la teoría de Lucas, que si se cae, nada en ella permanece en pie. Para Lucas, todas las sociedades del mundo, en todo momento en el tiempo, toman sus decisiones económicas con perfecta racionalidad. Las decisiones de consumo, ahorro, inversión se hacen, según Lucas, sabiendo perfectamente bien qué es lo que el gobierno está haciendo en materia económica. Por lo tanto, para Lucas y su gente, cualquier iniciativa estatal para cambiar el rumbo natural con el que una economía se mueve no sólo es inútil, sino contraproducente. Es así que Lucas y su gente llegaron a la conclusión de que lo mejor que puede hacer todo gobierno del mundo en cualquier momento, en materia económica, es no realizar nada que no sea mantener el equilibrio fiscal. Es difícil entender cómo puede ser que estas ideas, extrañas por cierto, hayan acaparado la atención de economistas y de los medios de comunicación de la manera que lo hicieron. Si hubiera existido un contexto intelectual realmente independiente, habrían aparecido fuertes críticas a los supuestos psicológicos y sociológicos que el ingeniero Lucas introducía en sus teorías.
domingo, 25 de diciembre de 2011
El modelo productivo alemán
El superávit comercial alemán alcanza los 15.300 millones de euros, su gobierno está por introducir rebajas impositivas por unos 6000 millones y recientemente descubrió -aparentemente por casualidad- que la recaudación de este año sería 16.200 millones más de lo que se pensaba. El éxito económico alemán se basa en un vínculo íntimo y moderno entre determinado pueblo y una especialización. Cuanto más inmaculado y encantador el lugar, tanto más probable es que una vuelta por las afueras revele la verdadera fuente de su riqueza: alguna industria. Un número llamativo de pueblos se basan en fabricar cosas. En todo el sur de Alemania se descata la propensión a la precisa, experta y elaborada creación de objetos -motores, lentes, microprocesadores, enormes piezas de acero- que pagan los viajes a Tailandia, los abrigos de piel y todo lo demás de sus habitantes. La pregunta del porqué Alemania es así ha generado debates sin solución por lo menos desde hace un siglo. Una explicación tradicional, con raíces llamativamente persistentes, es que el éxito se debe a la ética protestante del trabajo, pero hoy algunas de las áreas más productivas de Alemania, en particular las abrumadoramente prósperas Baden y Baviera, son… católicas. Y los pequeños bolsones de mayor pobreza del país son… ¡protestantes!. Una respuesta más plausible se encuentra en la tradición del "oficio". Cuando la región estaba dividida en cientos de mini-estados bajo el Sacro Imperio Romano, cada uno de estos estados tendía a especializarse en algo. Algunos de los lugares -con nombres graciosos tales como Öttingen-Öttingen- eran pobres y consistían en un castillo con un lord borracho desmayado en su interior y un puñado de granjeros y sirvientes amargados afuera. Las ciudades estado tales como Hamburgo, o territorios más grandes como Sajonia, eran más serios. Pero a diferencia de Gran Bretaña, por ejemplo, había una falta absoluta de un Londres, o incluso un Manchester o un Glasgow. En cambio, cientos de lugares competían entre sí, muchos con sus propias cortes reales alentando el tipo de trabajo de precisión que requieren los instrumentos musicales o las armas de alta calidad, lo que llevó naturalmente a modernizaciones que llegan al presente. Cada lugar defendía lo suyo y niveles ridículos de burocracia paralizaban el movimiento a través de Alemania. El comercio a lo largo del Rin casi no dejaba ganancias por los impuestos que cobraban cada pocos kilómetros un micro-estado detrás de otro, cada uno dueño de su pequeño tramo de río. Este provincialismo extremo era el territorio de administradores visionarios. Luego de visitar Londres o París, volvían púrpura de vergüenza por lo atrasada que era Alemania. El pobre Goethe, en sus años como administrador de un estado tan poco impresionante como Saje-Weimar, a veces se escapaba a la aldea de Ilmenau para tratar de persuadir a los locales de que pusieran en funcionamiento su pequeña mina de cobre inundada. Pero se daba por vencido y se iba a caminar por las montañas, donde escribía poemas y obras de teatro y estudiaba geología. Por supuesto que esto cambió con tremenda rapidez en el siglo XIX. Napoleón venció sin esfuerzo a las tropas del Sacro Imperio Romano, aboliendo todo eso en 1806, y reunió los micro-estados en unidades más grandes y coherentes. Luego siguieron una serie de convulsiones y guerras que eliminaron otras anomalías. El comercio transformó lo que era un rompecabezas de lugares atrasados en una superpotencia, aboliendo impuestos internos, construyendo ferrocarriles y canales, creando una flota mercante global. Es decir, crearon una zona de libre comercio protegida por un gran Estado. Internamente se hicieron librecambistas, externamente, mercantilistas. Fue un éxito magnífico. El diminuto pueblo de Essen, esencialmente una abadía, anduvo soñadoramente por las décadas hasta que en 1803 las monjas fueron echadas y en 1811 Friedrich Krup construyó allí su primera acería. Para fines de siglo ya estaba dominada por la industrialización, y terminó siendo la "armería del Reich". Los cataclismos de 1914-1945, en los que Alemania usó su fuerza para fines cada vez más terribles, nunca modificaron su extraña estructura subyacente: una masa de pequeños especialistas basados en pueblos aún más pequeños. La capacidad de recuperación y el alcance que dio esto a Alemania la volvió formidable en ambas guerras mundiales, lo que quedó grabado en la memoria británica por la interminable cantidad de blancos industriales que tuvieron que ser bombardeados por la RAF. La Alemania occidental devastada, ocupada y humillada de 1945 se reconstruyó a partir de una versión más pequeña de los mismos principios: cientos de pueblos, cada uno produciendo algo excepcional. Y resultó que esta nueva prosperidad alemana también estaba íntimamente vinculada con la exportación exitosa de cosas que gustaban a los extranjeros, y el dinero resultante que permitía a los alemanes comprarse cosas. Este patrón exitoso, una especie de línea de montaje de inversiones, ideas, cosas y consumidores, continúa hasta el presente.
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domingo, 4 de diciembre de 2011
La contrarreforma capitalista
La historia del pensamiento económico en el siglo XX es algo parecida a la del cristianismo en el XVI. Hasta que John Maynard Keynes publicó su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero en 1936, la ciencia económica -al menos en el mundo anglosajón- estaba completamente dominada por la ortodoxia del libre mercado. De vez en cuando surgían herejías, pero siempre se suprimían. La economía clásica, escribía Keynes en 1936, "conquistó Inglaterra tan completamente como la Santa Inquisición conquistó España". Y la economía clásica decía que la respuesta a casi todos los problemas era dejar que las fuerzas de la oferta y la demanda hicieran su trabajo. Pero la economía clásica no ofrecía ni explicaciones ni soluciones para la Gran Depresión. Hacia mediados de la década de 1930, los retos a la ortodoxia ya no podían contenerse. Keynes desempeñó la función de Martín Lutero, al proporcionar el rigor intelectual necesario para hacer la herejía respetable. Aunque Keynes no era ni mucho menos de izquierdas -vino a salvar el capitalismo, no a enterrarlo-, su teoría afirmaba que no se podía esperar que los mercados libres proporcionaran pleno empleo, y estableció una nueva base para la intervención estatal a gran escala en la economía. El keynesianismo constituyó una gran reforma del pensamiento económico. Inevitablemente, le siguió una contrarreforma. Diversos economistas desempeñaron un papel importante en la gran recuperación de la economía clásica entre los años 1950 y 2000, pero ninguno fue tan influyente como Milton Friedman. Si Keynes era Lutero, Friedman era Ignacio de Loyola, el fundador de los jesuitas. Y al igual que los jesuitas, los seguidores de Friedman han actuado como una especie de disciplinado ejército de fieles y provocado una amplia retirada de la herejía keynesiana. A finales de siglo, la economía clásica había recuperado buena parte de su anterior hegemonía y a Friedman le corresponde buena parte del mérito. Es impresionante la táctica jesuita que usó esta contrarreforma económica: al igual que los jesuitas, los neoliberales se dieron cuenta que había que atacar desde arriba hacia abajo, convenciendo a los poderosos primero y al hombre común despues y simultáneamente a la academia, copando la educación. Tanto los jesuitas como los neoliberales se dieron cuenta que había que controlar la educación. Hoy todas las universidades del mundo están dominadas por los neoliberales y uno de los problemas que existe para implementar cambios es que no hay economistas formados en un pensamiento heterodoxo. Hoy el mundo necesita una contra-contrarreforma pero no existen recursos humanos con formación técnica para hacerlo.
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¿Qué es lo que ha causado el suicidio del capitalismo de Wall Street?
En el fondo de este caos financiero encontramos lo siguiente: el capitalismo libertario del laissez-faire que predicaban Milton Friedman y Friedrich Hayek, al que se permitió desbocarse sin reglamentación. Ésta es la fuente primaria de los problemas de hoy. Hoy estos dos hombres están muertos, pero sus envenenados legados perduran. ¿Cómo se las apañaron Roosevelt y Hitler para restaurar casi el pleno empleo en los seis largos años que siguieron a 1933? Lo que finalmente resolvió el problema fue un enorme gasto deficitario que aumentó la deuda pública. Esta historia, no se encuentra en ninguna de las tesis doctorales de las grandes universidades privadas después de 1970. Esto es un sencillo y evidente caso de censura, de tapar el pasado para que los estudiantes del presente lo ignoren. El fomento deliberado de la desigualdad preconizado por los neoliberales no aceleró la productividad total de los factores en Estados Unidos. Por el contrario, la obscena subida de los emolumentos de los altos directivos volvió disfuncional todo el sistema de gobernanza empresarial. Los directores generales de carrera se la pasaron muy bien contando mentiras sobre los verdaderos beneficios de las empresas. Incluso después de que los descubriesen, se fueron al banco con una sonrisa de oreja a oreja. Actúan según lo que Friedman ha inculcado: que las empresas no tienen responsabilidades hacia la sociedad, sólo hacia sus accionistas. Que las empresas no pueden tener conciencia, y por lo tanto son amorales en la medida en que no pueden elegir conscientemente. Que las empresas no deben ser virtuosas, porque su única "virtud" es generar valor para el accionista. Que la libertad consiste en dejar que estas empresas amorales marquen el camino en una absoluta libertad de mercado, es decir, sin ningún Estado que las tutele.
sábado, 3 de diciembre de 2011
La iniciativa estatal
Al sistema energético en Francia lo manejan empresas públicas. Una gran empresa estatal se encarga de la generación de energía. Otra compañía del Estado la transporta. Una tercera firma, también pública, la distribuye. Así funciona, en tres pasos, el sistema energético francés, dominado en casi un 80% por lo nuclear. La energía cuesta la mitad que en Alemania y entre un 30% y un 50% menos que en el resto de Europa. Los hogares acceden a precios regulados. Ninguna de estas empresas estatales es deficitaria. Distintos expertos de este país coinciden en que la energía barata es la clave de la competitividad francesa dentro de Europa. Francia es uno de los países centrales que mejor sobrelleva la crisis. Décadas atrás, los franceses entendieron que sólo con buena infraestructura podían ser competitivos sin sacrificar el poder adquisitivo de la población. La estatal EDF (Electricidad de Francia) vendió energía al costo por 50 años, sin generar pérdidas. EDF es propietaria de la distribuidora EDRF, que tiene el monopolio de la red. Treinta y cinco años atrás, el Estado desarrolló la energía atómica. Desde entonces, los precios de la energía bajaron a la mitad. Hoy, la matriz energética francesa cuenta con 58 reactores nucleares que representan entre el 75% y el 80% de la generación del país. La empresa de mayoría accionaria estatal Areva posee minas de uranio en varios países y se encarga de todo el ciclo de energía nuclear, desde la extracción del mineral hasta el reciclaje de los desechos. La energía cuesta entre 50 y 60 euros el megawatt/hora, o entre 10 y 20 euros más que el gas. Eso incide en el menor costo energético francés: un hogar paga 129 euros por Megawatt horario, 28 euros menos que el promedio europeo y casi la mitad que Alemania (236 euros). Existen en Francia dos precios para la energía, uno regulado por decreto y otro libre. Al primero acceden los consumidores de los hogares y lo componen unos treinta millones de contratos. El precio libre, que no difiere mucho del regulado, es para las empresas y para los usuarios que quieran salir del sistema regulado. Estos últimos son entre 1 y 1,5 millones. Ahora, malditos neoliberales expliquen esto, carajo, explíquenlo, mierda.
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viernes, 2 de diciembre de 2011
Dos caballitos de batalla: uno está muerto, el otro se resiste a morir
La Escuela de Economía de Chicago tiene dos caballitos de batalla. Uno es la “Teoría de las Expectativas Racionales” propuesta por John F. Muth primeramente y luego desarrollada y ampliada por Robert Lucas en la Universidad de Chicago. El otro es la famosa “Hipótesis de Eficiencia de los Mercados” que engendró los desastres financieros que hoy agobian al autotitulado “primer mundo”. A pesar de todo y aunque resulte increíble aun las teorías de la Escuela de Chicago están detrás de las políticas económicas y de ajustes que aplican el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Las órdenes y disposiciones de políticas económicas recientemente adoptadas por España, Grecia y Portugal, son testigos directos de esta afirmación. Los fundamentos de política económica de La Escuela de Chicago fueron la base de las políticas neoliberales que se establecieron en algunos países en la década de 1980. Estos fundamentos y teorías económicas fueron adoptados por el Gobierno chileno del general A. Pinochet y Chile fue el primer país en el mundo en poner en práctica los métodos de libre mercado auspiciado por el Neoliberalismo en sus vertientes políticas y económicas. El llevar a la práctica un experimento de política económica de esta magnitud y enormes derivaciones sociales, estuvo en manos de los “primeros graduados en Neoliberalismo” chilenos de la Universidad de Chicago. Son los que hoy se conoce como los famosos “Chicago Boys”. Profesionales de la economía que veían a Milton Friedman y a sus enseñanzas como una cuestión cuasi religiosa. Según Friedman, la aplicación de su doctrina económica requiere previamente que el país donde se implemente el sistema, esté sumido en una intensa crisis y que sus habitantes se encuentran en un estado de extrema angustia, dispuestos a aceptar cualquier solución razonable a sus problemas económicos, incluso transando valores profundamente muy arraigados en la cultura del país. Es así como el tratamiento de Shock sugerido por Friedman e implementado por el régimen pinochetista, sería aceptado sin reparos por la población chilena. El establecimiento de los principios doctrinarios, según los preceptos del Departamento de Economía de la Universidad de Chicago, debían ponerse en marcha con celeridad y sobre todo con mucha confidencialidad para asegurar el éxito en el más breve tiempo posible. La programación metodológica previa al golpe de estado en Chile, se materializó con un documento programático que se llamó “El Ladrillo”, elaborado en su gran mayoría por graduados chilenos de absoluta confianza de Milton Friedman y técnicos de la Universidad de Chicago; todo dentro de un marco de escrupuloso y de máximo silencio. Friedman propuso que el Estado no interviniera en absoluto en la economía de una nación, plantea que definitivamente el control de la economía debe permanecer en manos del capital privado. Según Friedman lo que marca el mayor o menor liberalismo no es la existencia de democracia política, sino la existencia de desregulación económica, libertad empresarial y libertad financiera. Desde este razonamiento una dictadura sanguinaria como la de Pinochet, fue considerada “liberal” porque aplicó las propuestas económicas de los neoliberales. Para los neliberales la democracia no es el estado natural de la sociedad. El mercado sí. Un dictador puede gobernar de manera liberal, así como es posible que una democracia gobierne sin el menor liberalismo. De manera que los neoliberales desprecian la democracia (tal como lo hacían los bolcheviques). Robert E. Lucas es otro delincuente adscrito a la Escuela de Chicago. Sus ideas inspiraron el Consenso de Washington y moldearon el marco institucional que justificó el proceso de globalización comercial y financiero que ha vivido el mundo desde fines de los años setenta. Con la crisis de las hipotecas subprime en los Estados Unidos en 2008, la realidad ha asestado una durísima y mortal paliza a la Hipótesis de Eficiencia de los Mercados y a la vieja idea de que los mercados se autorregulan solos para alcanzar su posición de equilibrio. La otra hipótesis aun resiste y mantiene en el poder a los neoliberales… por ahora. Y eso es porque los mercados en Estados Unidos y Europa no parecen responder a las acciones de Política Fiscal que los keynesianos como Krugman y Stiglitz y que la misma Administración de Obama ha instrumentado desde fines de 2007. Robert Lucas sacando pecho explica esta situación con su Hipótesis de las Expectativas Racionales. En grandes líneas, esta hipótesis establece que los agentes económicos utilizan toda la información existente en el mercado para realizar sus decisiones de inversión, ahorro y consumo. De esta forma, según Lucas, los agentes económicos no perciben en las acciones de política fiscal instrumentadas por la Administración de Obama consistencia y fortaleza para el corto y mediano plazo. De tal forma que los agentes económicos no reaccionan como los modelos keynesianos esperarían que éstos lo hicieran frente a un estímulo fiscal (incrementando sus decisiones de inversión y consumo).
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