sábado, 18 de mayo de 2013

Consecuencias económicas del golpe neoliberal de Videla de 1976

Derrocado el gobierno de María Estela Martínez de Perón, Videla designó como ministro de Economía a José Alfredo Martínez de Hoz, ejecutor e ideólogo de un plan económico que pudo ser impuesto a partir de la actividad represiva del Estado. El programa económico fue presentado el 2 de abril de 1976 y tenía como propósito frenar la inflación, estimular la inversión extranjera y una brusca reducción de los aranceles, que llegó a su máximo en 1978. El resultado fue la destrucción de la industria nacional, la anulación de los derechos laborales, y el disparo de la devaluación que generó un perverso juego financiero en perjuicio de la actividad productiva y multiplicó por seis la deuda externa. La deuda externa -que incluyó la estatización de obligaciones privadas-, paso de de 7.875 millones de dólares a fines de 1975 a 45.087 millones al cierre de 1983. En los primeros años de dictadura y siguiendo los lineamientos de la neoliberal Escuela de Chicago -de la que Martinez de Hoz era uno de sus principales referentes locales-, hizo una indiscriminada apertura de importaciones que, como un castillo de naipes, derrumbó la industria nacional. Así, cerraron sus plantas General Motors, Peugeot, Citroën y Chrysler, Siam, Decca (Deutz-La Cantábrica), Aceros Ohler, Tamet, Cura, Olivetti, y miles de pequeñas y medianas compañías. En 1980, la industria quedo reducida un 10 por ciento su participación en el PBI y en algunos rubros, como el textil, había caído un 15 por ciento. Se pasó así de un modelo de industrialización hacia otro de acumulación de divisas que se conoció como "bicicleta financiera", una carrera del peso contra el dólar que terminaría destruyendo el ahorro nacional. Las grandes empresas tomaban crédito en el exterior, lo colocaban en plazos fijos, valorizaban el monto prestado, y lo fugaban hacia las casas matrices o hacia sus propias cuentas en el exterior. Con la llegada de la "plata dulce" y el "deme dos" en Miami, Brasil y Uruguay, fue avanzando un plan económico que iba a dejar a millares de argentinos en la pobreza, el desempleo y la desesperanza. Ese perverso juego financiero provocó una catarata de quiebras entre los bancos locales, cuyos pasivos fueron asumidos por el Estado nacional, dejó un tendal de ahorristas sin sus recursos, aumentó la demanda de dólares y la fuga de divisas. Para frenar la suba de precios, la sangrienta dictadura videlista creó dos tipos de cambios: el financiero y el comercial para las exportaciones y Martínez de Hoz pasó a ser el ministro de la "tablita", que fijaba una inusual devaluación gradual en la paridad con el dólar. En aquellos primeros años hubo también un plan sistemático de destrucción de empresas, pero a través de métodos más directos: obligar a sus dueños a venderlas o transferir acciones o llevarlas a la quiebra. Actualmente, la Justicia argentina investiga más de 600 liquidaciones de compañías realizadas en los primeros años de la Dictadura, que para cometer esas acciones delictivas utilizó grupos de tareas. Estos grupos estaban integrados por personal de la División Bancos de la Policía Federal, del Banco Central y la Comisión Nacional de Valores y tenían como objetivo amedrentar y extorsionar empresarios. Una de las autocriticas que se hacen los genocidas es lamentar no haber matado 10.000 personas mas, incluyendo en las listas a los empresarios que no simpatizaban con el "proceso". La política laboral fue también complemento y eje del programa económico: prohibición de huelgas e intervención de los sindicatos para lograr el congelamiento de salarios. El sueldo real tomado sobre una base de 100 en 1970, había llegado a 124 en 1975 y en 1976 se hundió a 79, el nivel más bajo desde la década del 30. La pobreza que desde 1940 se ubicó debajo del 10 por ciento, y que era inferior al 6 en 1974, trepó al 12,8 en 1980 y superó el 37 en 1982. La desocupación estaba en el 3,8 por ciento en 1975 y alcanzó un pico del 6 por ciento en mayo de 1982. Videla delegó el poder en Roberto Eduardo Viola y Martínez de Hoz dejó también su lugar en manos de Lorenzo Sigaut. A esto quieren volver los golpistas neoliberales con su acoso mediatico. ¿Estan dispuestos a que esto se repita? ¿Van a permitir que vuelvan a matar y a destuir el pais una vez mas?

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viernes, 17 de mayo de 2013

Keynes, la economía y el sexo

El historiador británico Niall Ferguson, cada vez más escorado ideológicamente hacia las posiciones más conservadoras (véase su último libro La gran degeneración, en la editorial Debate) organizó hace unos días un enorme escándalo al defender que Keynes no se había preocupado nunca por las consecuencias de sus teorías económicas en el largo plazo porque al ser homosexual no podía tener hijos y ese largo plazo le traía sin cuidado. Se apoyó en su célebre frase de que “a largo plazo, todos muertos”. La algarabía fue tan amplia que Ferguson, que en el pasado ya había coqueteado con esta idea, hubo de pedir perdón. Su comentario, dijo, fue “estúpido e insensible”, y la revista que reprodujo sus palabras explicó que era como si la filosofía económica de Ferguson estuviese basada en que este es rico y famoso y, por tanto, no le interesa en absoluto lo que les ocurra a los pobres y a los parados. Pero la simpleza del historiador y profesor de Harvard no era la primera vez que se exponía. Al menos había tenido un curioso precedente: en el obituario de la muerte de Keynes, en 1946, otra de las cimas de la economía de todos los tiempos, el austriaco Joseph Schumpeter, escribió: “No tuvo hijos y su filosofía de vida era esencialmente una filosofía a corto plazo”. Lo cuenta Robert Skidelsky en la monumental y canónica biografía del economista británico, recientemente aparecida en España (John Maynard Keynes, editorial RBA). Es un libro maravilloso que justifica una vida, aunque su autor no ha dejado de escribir en ningún momento. Por cierto, la misma editorial acaba de publicar otro libro sensacional, las Memorias del intelectual francés Raymond Aron, y ambos libros devienen imprescindibles para conocer la enorme complejidad del siglo XX. Tanto las memorias de Aron como el primer tomo de una versión previa de la biografía de Keynes habían sido editadas hace muchos años por Javier Pradera en Alianza Editorial y se encuentran descatalogadas. Durante demasiado tiempo se esperó, sin éxito, la aparición de los tomos dos y tres de la biografía de Keynes, hasta que ahora RBA se ha atrevido con un único volumen de casi 1.300 páginas. Ambos son textos insustituibles. Ferguson no tenía razón ni en la afirmación de que Keynes era homosexual ni en la de que su obra desdeñaba el largo plazo. Aunque le gustaron mucho los hombres (uno de los amores de su vida fue el pintor escocés Duncan Grant, perteneciente al grupo de Bloomsbury) también lo hicieron las mujeres: se casó con la bailarina del ballet de Diaghilev Lydia Lopokova, que sufrió un aborto cuando convivía con Keynes. En el año 1930, Keynes y la Lopokova visitan la Residencia de Estudiantes de Madrid, en la que dicta una conferencia cuya primera versión había pronunciado dos años antes en Winchester, titulada expresivamente Las posibilidades económicas de nuestros nietos. Keynes entiende que en ese momento (ya ha tenido lugar el crash de la Bolsa de Nueva York) el mundo sufre “un fuerte ataque de pesimismo económico”; entonces era corriente (lo que tanto recuerda a la actualidad) escuchar a muchas personas la afirmación de que la época de enorme progreso que caracterizó al siglo XIX había pasado para siempre, y que una caída de la prosperidad era más verosímil que una mejora en la década que acababa de empezar. “Creo”, dice Keynes, “que esta es una interpretación extraordinariamente equivocada de lo que está sucediendo; estamos sufriendo no los reumatismos de la vejez, sino los dolores crecientes que acompañan a los cambios excesivamente rápidos, el dolor del reajuste de un periodo económico a otro. No hay que sobreestimar la importancia del problema económico ni sacrificar a sus supuestas necesidades otras cuestiones de mayor significado y permanencia. La economía debe ser una cuestión reservada a los especialistas, como la odontología”. Y aquí pronuncia una de sus frases más celebradas sobre la necesaria humildad del economista (aunque Keynes fue todo menos humilde): “¡Sería estupendo que los economistas lograran que se les considerara como personas modestas y competentes, igual que los dentistas!”. La biografía de Skidelsky aglutina a todos los Keynes que había dentro de su privilegiada cabeza: el economista, el inversor, el moralista, el intelectual bloomsburiano, el funcionario del Gobierno británico, el inconformista, el que nos dejó en herencia el orden económico posterior a la Segunda Guerra Mundial, etcétera. Siempre perteneció a la élite intelectual dentro de la élite económica de la Gran Bretaña del primer tercio del siglo XX, y su genialidad brillaba en cualquier cosa que hiciese. El filósofo Bertrand Russell dijo de Keynes: “Es la mente más aguda y más clara que jamás conocí. Cuando discutía con él, sentía que mi vida pendía de un hilo y raramente terminaba sintiéndome algo muy diferente a un estúpido”. Y en estas llega Ferguson y resume que las teorías de John Maynard Keynes son consecuencia directa de su condición sexual…

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jueves, 16 de mayo de 2013

EE.UU. está sacando grandes beneficios del TLC con Colombia

De acuerdo, con cifras de la Oficina del Representante Comercial de EE.UU., desde mayo del año pasado, sus exportaciones han crecido casi 20 por ciento, beneficiando primordialmente a los sectores agrícolas y de manufacturas. La cifra equivale a US$ 15.900 millones en nuevas ventas. A lo largo de este año fueron muchos los sectores que vieron incrementos, entre ellos transporte, derivados del petróleo y carbón, comida procesada, computadores, equipos electrónicos y productos agrícolas como soja, trigo, uvas, lácteos y cerdo. Desde mayo de 2012 a marzo de 2013 las exportaciones agrícolas a Colombia crecieron en un 62 por ciento comparado con el período anterior. En el caso de la soja, por ejemplo, el aumento fue del 467 por ciento (118 millones de dólares), mientras que los lácteos crecieron en un 214 por ciento (24,7 millones). Productos como el trigo, las uvas y los porcinos se expandieron en un 15 por ciento, 36 por ciento y 66 por ciento respectivamente. Así mismo, crecieron las exportaciones en el sector transporte (61 por ciento), derivados de petróleo y carbón (46 por ciento), comida procesada (129 por ciento) y productos electrónicos (17 por ciento). En tan solo nueve meses las exportaciones estadounidenses al país suramericano aumentaron en un 20%. Por el lado de Colombia las exportaciones a EE. UU. aumentaron solo un 3,4 por ciento sin incluir productos tradicionales como petróleo, el carbón y el café. En parte, la diferencia entre el aumento de las exportaciones colombianas frente a las estadounidenses se explica por que una gran cantidad de productos nacionales ya entraban a EE. UU. sin pagar aranceles desde antes de que entrara en vigor el TLC. Entonces, digo, me parece, si los productos colombianos ya entraban sin arancel antes del TCL, quiere decir que el TCL lo único que hizo fue permitir la entrada masiva de producto yanquis subsidiados en Colombia. Un negocio redondo para los yanquis, que significa la ruina para los colombianos que ahora le compran casi todo a los yanquis sin poder venderles nada.

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miércoles, 15 de mayo de 2013

Un año récord para la inversión extranjera en Argentina tras la expropiación a Repsol

Se equivocaron quienes pronosticaban una brusca salida de capitales extranjeros tras la expropiación de Repsol. La inversión extranjera directa (IED) en Argentina alcanzó en 2012 los 12.551 millones de dólares, la cifra más alta en la última década, con un alza del 27% respecto al año anterior, que ya había sido un año muy bueno para la inversión. Así lo expone el último informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), presentado ayer por la directora del organismo, Alicia Bárcena. Los controles estatales han sido la clave para alcanzar esta cifra: el Gobierno argentino, al poner límites al giro de utilidades de las empresas multinacionales, ha conseguido impulsar la reinversión de los excedentes en el país austral. En los últimos años, al calor de las subidas de las materias primas, los países de la región han incrementado el peso de las inversiones en el sector de recursos naturales, a costa de la participación de las manufacturas. A excepción de Brasil y México, la IED que entra en los países de la región tiene un peso muy limitado en el sector manufacturero. Ello es especialmente perceptible en Argentina, donde la lucrativa soja ocupa ya el 59% de la superficie cultivable en el país. Gracias a esas subidas de precios de las commodities, las multinacionales han multiplicado por cinco sus utilidades en la última década. Se espera que se mantenga esa tendencia, y ello es preocupante porque las multinacionales en América Latina giran alrededor del 55% de sus ganancias a sus países de origen (unos 113.067 millones de dólares en 2011), frente al 45% que reinvierten. Esto, advierte la Cepal, tiende a neutralizar el efecto positivo de la IED sobre la balanza de pagos. La falta de reinversión de las ganancias fue el principal argumento de Cristina Fernández de Kirchner cuando, hace poco más de un año, decidió expulsar del país a la multinacional española Repsol. La Casa Rosada decidió además limitar la repatriación de capitales de las empresas extranjeras; para la Cepal, esa medida ha alentado la reinversión de las ganancias en el mercado interno argentino, que alcanzó en 2012 los 7.984 millones de dólares, más del doble que en 2011. Sin embargo, los expertos de la Cepal consideran que el Gobierno debe dar un paso más, para conseguir orientar ese esfuerzo inversor en aquellas actividades que diversifican el tejido productivo, producen más valor añadido y generan más y mejor empleo.

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martes, 14 de mayo de 2013

El modelo Coreano

Corea es como si Haití se hubiera convertido en Suiza. La esperanza de vida en Corea del Sur era de 53 años en 1960, incluso por debajo de 62,4 que hoy registra Haití. El año pasado fue 80,7, casi el mismo nivel de Suiza, que promedió 82,5 años, según datos del Indice de Desarrollo Humano del PNUD. Durante ese período, Corea del Sur protagonizó un desarrollo económico que le permitió elevar su ingreso per cápita de 100 a 20.000 dólares. Lo más interesante es que lo hizo a partir de un proceso de industrialización con una fuerte intervención del Estado, algo que es visto casi como una herejía por los defensores del libre mercado. Además, los años de mayor crecimiento fueron en un contexto de inflación anual cercana al 20 por ciento, dejando en claro que ésta no es necesariamente un obstáculo para la expansión. Corea es una península asiática de apenas 99.500 kilómetros cuadrados, superficie similar a la provincia del Chaco, donde viven 50 millones de personas. Entre 1910 y 1945 estuvo bajo dominio colonial japonés y sus actividades económicas principales eran la agricultura y la pesca. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, soviéticos y estadounidenses se repartieron el país en dos mitades. En el norte del paralelo 38, Kim II-Sung, un líder comunista que había integrado la guerrilla antijaponesa, obtuvo el poder con el apoyo del líder ruso Joseph Stalin. En el sur, Estados Unidos bendijo a Syngman Rhee. Ese equilibrio precario estalló en junio de 1950, cuando las dos se enfrentaron militarmente, motivando la intervención de Estados Unidos, China y la Unión Soviética, entre otros países. El conflicto se extendió por tres años y cuando parecía ir camino hacia una guerra nuclear, las potencias firmaron un armisticio y se reflotó la división gestada en 1945. A partir de la década del ’60, bajo la conducción del dictador Park Chung-hee, el padre de la actual presidenta Park Geun-hye, la parte sur inició su proceso de desarrollo con la puesta en marcha de planes quinquenales que promovieron inversiones privadas a cambio de fuertes incentivos, fundamentalmente crédito barato y subsidios a las empresas capaces de generar divisas a partir de la exportación. En 1962 el ingreso per cápita era de 100 dólares y se exportaban mercaderías por 55 millones de dólares al año. Al finalizar esa década, el ingreso per cápita se había duplicado y las ventas al exterior ya bordeaban los 1000 millones, fundamentalmente con la venta de telas, pescados, maderas y hortalizas. En la década del ’70, fue el turno de la industrialización pesada. La empresa Posco, que actualmente es una de las productoras de acero más grandes del mundo, inició sus actividades en 1972. Fue en este período cuando también se desplegaron los grandes conglomerados industriales, conocidos como chaebols: Samsung, Hyundai, Daewo y LG, entre otros. Estas firmas montaron astilleros, terminales automotrices y también se especializaron en electrónica, siendo el principal motor del desarrollo coreano. Samsung, por ejemplo, había sido fundada en 1938, durante la ocupación japonesa, pero se dedicaba a la exportación de pescado, verduras y frutas. Recién en los ’70 comenzó a fabricar productos electrónicos y el año pasado fue el primer proveedor mundial de semiconductores y smartphones. La economía del país asiático creció en la década del ’60 a un promedio anual de 7,7 por ciento, en los ’70 casi al 9,0 por ciento y en los ’80, al 7,9 por ciento. La mejora de esos años se explica por múltiples causas, entre las que sobresalen el proteccionismo estatal, la mano de obra barata, la inversión en educación y un fuerte nacionalismo económico. Cuando el desarrollo todavía era una meta, la prioridad no sólo era obtener divisas sino también cuidarlas. El proteccionismo se expresaba en restricciones a la importación de bienes de consumo y aranceles altos. Además, estaba prohibido viajar al extranjero, salvo para comerciar o estudiar. El discurso nacionalista era el complemento ideal de esas medidas al exaltar el sacrificio personal y tildar de traidores a la patria a quienes las boicoteaban. La búsqueda de autosuficiencia de Corea del Sur no fue para cerrarse sobre sí misma sino para comerciar agresivamente con el exterior desde una posición de mayor fortaleza. De hecho, el proteccionismo no alcanzó a los productores nacionales de bienes de capital. En ese caso, se optó por importar tecnología en virtud de acuerdos de licencia y desarrollar vínculos con multinacionales. Eso les permitió asimilar tecnologías extranjeras y desarrollar capacidades propias en el largo plazo para terminar agregando valor a sus ventas. En 1979, las exportaciones ya le reportaban al país 15.000 millones de dólares anuales y el ingreso per cápita se había elevado a 1700 dólares. Una década más tarde, las ventas externas sumaban 62.000 millones anuales y el PBI per cápita 6100 dólares. Por entonces, Corea del Sur ya era conocida como uno de los tigres asiáticos, junto a Singapur, Hong Kong y Taiwan. En treinta años, este país concretó la transición de una economía agrícola a una industrial, proceso que a Holanda, Gran Bretaña, Alemania, Francia y Estados Unidos les llevó en promedio más de un siglo. Corea del Sur no sólo demostró la importancia que tiene una fuerte intervención del Estado al momento de apuntalar el desarrollo, con premios y castigos o la gestión directa de empresas. También dejó en claro que la estabilidad económica no es sinónimo de estabilidad de precios. En las primeras dos décadas de fuerte crecimiento, la inflación se mantuvo cerca del 20 por ciento anual. En los ’60, la suba de precios promedió un 17,4 por ciento y en los ’70 un 19,8 por ciento, con la producción industrial y el empleo creciendo como nunca antes. Recién en los ’80, el índice registró una baja significativa, al promediar un 6,8 por ciento anual. La creciente liberalización financiera de los ’90 introdujo los mayores desequilibrios dentro de este modelo de desarrollo que sufrió su primera gran crisis en 1997, víctima de los movimientos especulativos del capital y el sobreendeudamiento de muchas firmas. Corea del Sur no tenía en ese momento una moneda fuertemente sobrevaluada ni un déficit alto en cuenta corriente, pero algunos de sus pares asiáticos sí tenían una moneda apreciada (Indonesia), un fuerte déficit corriente (Malasia) o ambos problemas (Tailandia y Filipinas). El temor que generó la región en los inversores terminó arrastrando también a Corea. Entonces debió recurrir a un préstamo millonario del Fondo Monetario Internacional (FMI) para evitar el default. Esa “ayuda” vino acompañada de una serie de condicionalidades, como reducción de barreras arancelarias y apertura del mercado de capitales, lo que motivó un nuevo resurgir del nacionalismo coreano. Algunos diarios inclusive llegaron a comparar a ese acuerdo con la firma del tratado de anexión a Japón en 1910 y se buscó limitar la incidencia del FMI. De hecho, si bien Corea del Sur avanzó con una paulatina liberación de sus mercados, nunca resignó su estrategia industrial ni entregó el control de sus grandes empresas a capitales extranjeros. Lo que hizo fue apuntalar la recuperación orientando su desarrollo aún más hacia actividades basadas en las tecnologías de la información y las comunicaciones. Corea ya es la novena economía más grande del mundo y su PBI per cápita es de 20.000 dólares. Más del 90 por ciento de sus exportaciones, que representan el 40 por ciento de su PBI, son bienes industriales. Es el primer fabricante mundial de semiconductores y teléfonos móviles, el segundo productor de barcos y el quinto de automóviles. Además, evidencia mejoras notables en el Indice de Desarrollo Humano que elabora el PNUD, expresadas en la baja de la mortalidad infantil y las subas de la esperanza de vida y la tasa de escolaridad. En las grandes ciudades, como Seúl, Busan y Daejeon, se observa una fuerte inversión en infraestructura, tanto pública como privada, y, a diferencia de las fases iniciales de industrialización, el consumo interno ya no está reprimido. Tal vez la mayor paradoja en este contexto de prosperidad es la posición de Corea en foros multilaterales como el G-20 y la Organización Mundial del Comercio, donde ahora reivindica el libre comercio, incluso entre países con una marcada desigualdad, olvidando que no fue ése el camino por el que alcanzó el desarrollo.

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viernes, 10 de mayo de 2013

China se amurralla con lingotes de oro: ¿catástrofe económica a la vista?

En marzo de 2013 el volumen de las importaciones de oro por parte de China superó en dos veces el récord anterior. ¿Está preparándose el gigante asiático un ‘airbag’ ante eventuales problemas con el dólar? Según el Ministerio de Censos y Estadísticas de Hong Kong, el total de las importaciones de oro de China a través de Hong Kong ascendió en marzo a 223,5 toneladas. El récord anterior fue establecido en diciembre de 2012 con 114,3 toneladas. Es decir, que China importó una cantidad récord de oro antes de la caída de los precios a mediados de abril. El 16 de abril el precio del metal amarillo cayó hasta los 1.321 dólares por onza, perdiendo el 14% en tan sólo unos días. Los analistas esperan un nuevo aumento de las importaciones de oro por parte de China y otros países de la región Asia-Pacífico. Según el Consejo Mundial del Oro (World Gold Council), China e India abarcan más de la mitad del total de la demanda mundial de oro. Los expertos indican que varios países se aseguran de esta forma contra los riesgos financieros y económicos, como aquellos conectados con la política monetaria supersuave de la Reserva Federal (Fed) de EE.UU. o contra eventuales problemas con las monedas de reserva. Cuanto más oro tiene, tanto más espacio para maniobra tendrá en el caso de catástrofes con las principales monedas de reserva como el dólar o el euro, destacan los analistas. Según datos del FMI y del Banco Mundial, en comparación con 2004, las reservas de divisas de China han aumentado en más del 700%, conteniendo suficiente como para comprar dos veces las reservas de oro de los bancos centrales del resto del mundo.

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domingo, 28 de abril de 2013

Harvard miente

Cuando la deuda de un país supera el 90% del PIB, el crecimiento de la economía es inviable. El aserto, nacido de dos cerebros de Harvard y sobre el que se asientan las políticas de austeridad que están a punto de dinamitar los pilares del Estado de bienestar en medio mundo, ha resultado tan falaz como las armas de destrucción masiva que sirvieron para justificar la invasión de Irak. “Es exagerado hacer la comparación, pero acepto la analogía porque es cierto que se están adoptando políticas a partir de premisas que son falsas”. Quien habla es Thomas Herndon, el estudiante de 28 años que, en su camino para sacarse un doctorado en Economía en la Universidad de Massachusetts, ha desenmascarado la mentira macroeconómica más significativa de los últimos años, y sobre la que EE UU y Europa se han apoyado en su campaña por la austeridad fiscal y el recorte drástico del gasto. Herndon cuenta que se frotaba los ojos al cruzar los datos de su trabajo ordinario de carrera con los del hipercitado informe de los profesores de la prestigiosa Universidad de Harvard Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff. Los errores eran básicos. De hecho, al principio pensó que el equivocado era él. No podía ser que dos reputadas eminencias hubieran podido pasar por alto cosas así. El estudio que está en el centro de la controversia global lo publicaron Reinhart y Rogoff en la American Economic Review en 2010. Ahí defienden cómo el crecimiento cae de golpe cuando la deuda pública de un país supera el 90% del PIB. Reinhart, nacida en La Habana (Cuba) hace 57 años, fue economista jefa durante tres años del difunto Bear Stearns, la primera víctima de la crisis financiera. Eso fue en los años 1980, antes de ocupar varios cargos en el Fondo Monetario Internacional (FMI), donde llegó a ser la número dos en el departamento de investigación antes de llegar a Harvard. Rogoff, de 60 años, fue su jefe en el FMI, donde tuvo un sonado encontronazo con Joseph Stiglitz a cuenta de la crítica que el premio Nobel hizo de esa institución en su libro El malestar en la globalización (2002). Su novia, una socióloga acostumbrada a cruzar números, fue la primera en apoyarle: “No creo que estés equivocado”, le dijo No fueron pocos los políticos que echaron mano del trabajo para defender que se pase la podadora al gasto para volver a la senda de un crecimiento sano y robusto. Entre ellos, Paul Ryan, el candidato republicano a la vicepresidencia de EE UU. También el comisario europeo de Asuntos Económicos, Olli Rehn, y el expresidente del Banco Central Europeo Jean-Claude Trichet. Ninguno cuestionó la metodología del trabajo, ni sus datos, como hizo el joven Herndon. “Estaba convencido desde el principio de que algo iba realmente mal con el estudio. Y cuando me llegaron los datos [los autores le mandaron las tablas de Excel que utilizaron, a petición del estudiante], se confirmaron mis sospechas”, relata Herndon. El joven estudiante, criado en Austin (Texas), de padre texano y madre de Hong Kong, al que le gusta tocar el bajo, le pasó las tablas a su novia, Kyla Walters. Ella tiene un doctorado en Sociología y gracias a su trabajo de investigación está muy acostumbrada a cruzar números. “No creo que te estés equivocando”, le respondió. El siguiente paso fue acudir a Michael Ash y Robert Pollin, dos de sus profesores, que ahora le cubren las espaldas, pero que en un primer momento se mostraron más bien incrédulos. Lo que no logró anticipar Herndon, ni tampoco Ash y Pollin, es lo que venía a continuación. Hay economistas que les han llamado para emprender con ellos una batalla contra la idea de que el alto endeudamiento frena el crecimiento. Pero hasta ahora ni un solo dirigente político se ha puesto en contacto con el trío para conocer su teoría. Aun así, el estudiante señala que el trabajo “está empezando a marcar la diferencia en los círculos de decisión política”. Cita, por ejemplo, el blog de John Taylor. El reputado economista por Stanford asegura que el error puesto en evidencia por el joven influyó en la decisión de los ministros de Finanzas del G-20 para omitir en su comunicado de la semana pasada una referencia al nivel de endeudamiento. En el origen del fiasco está un encargo convencional de los profesores. Pidieron a los alumnos que emularan resultados estadísticos de estudios ya publicados. Él eligió el estudio de Reinhart y Rogoff porque, “aunque era poco atractivo”, le pareció oportuno vistas las dificultades que tienen Europa y EE UU para salir del agujero de la recesión y del impacto de las políticas que se están adoptando en los países. Los profesores de Harvard ahora cuestionados le facilitaron en enero todo el material que necesitaba para descifrar el estudio y le dieron libertad para publicar lo que quisiera. “Vi el error muy rápido”, dice Herndon. A comienzos de abril, Reinhart y Rogoff admitieron que habían cometido algunos fallos a la hora de codificar las cifras. Pero siguen defendiendo su metodología e insisten en que existe una clara correlación entre alto endeudamiento y lento crecimiento. “Este lamentable desliz no afecta al mensaje central”, dicen en una nota. Herndon, que habla siempre en plural, admite que criticar el trabajo de los dos profesores de Harvard “es lo más fácil” y no cree que hubiera una intencionalidad cuando omitieron ciertos datos, como el hecho de que Australia, Canadá y Nueva Zelanda crecieran en periodos de alto endeudamiento, o se equivocaran en alguna suma al introducir mal las órdenes en la celdilla de Excel. Pero está convencido también de que la teoría no puede replicarse, porque está mal planteada. Y apoya que se adopten políticas de estímulo para salir de la recesión. “La austeridad es contraproducente, crea sufrimiento”. El joven no se declara ni conservador ni liberal; dice que no le gustan las etiquetas. Pero sí parece tener muy claro que “es falso decir que el alto endeudamiento es malo”. Por eso cree que lo que deben hacer los dirigentes es ver las circunstancias específicas en las que la deuda puede ser efectiva en un escenario de recesión. Su prioridad ahora, comenta, es terminar el segundo semestre y recopilar ideas para su tesis final. De momento se está dedicando con sus profesores a publicar los primeros hallazgos para después seguir desarrollando el trabajo a lo largo del verano, integrando mejoras estadísticas. Y entre clase y clase busca tiempo para conceder entrevistas e incluso acercarse a Nueva York para verse con Stephen Colbert, el conductor del programa satírico The Colbert report. Colbert le dedicó esta semana dos espacios a su trabajo, lo que muestra hasta qué punto está caliente el debate. En el primero se dedicó a mofarse de los profesores de Harvard y de los que se apoyaron en su estudio para aventurar “una nueva crisis económica alimentada por la deuda”. “¿Sabes que has enfadado a mucha gente en el campo de la austeridad, importantes y muy poderosos?”, le preguntó después. “La Universidad me cuida mucho”, le respondió. Herndon admite no estar preparado para la avalancha mediática. “Ni siquiera tenía una buena foto”, comenta. Y las siglas con las que los tres autores firman el trabajo, HAP, tomada de la inicial de sus apellidos, ha inspirado ya una expresión entre los estudiantes: “To get happed”, que alguien te señale los errores. El joven cree que su experiencia hará que los estudiantes presten mucha más atención a la hora de comprobar una y otra vez los resultados de sus trabajos. “Serán mucho más cuidadosos”. Como le dijo Colbert, la pareja de Harvard no se dio cuenta de los errores porque no hay nadie por encima de ellos que les revise sus estudios.

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viernes, 29 de marzo de 2013

La inmunidad de los bancos

La economía en EEUU no va del todo bien. Aunque mejor que en Europa –donde la economía va muy mal-, la situación económica y social en EEUU no es satisfactoria. El desempleo es mayor que el que existía antes de que se iniciara la crisis. Y los salarios son más bajos que los que había al principio de la crisis. Los beneficios de la banca, sin embargo, han alcanzado niveles no conocidos antes de la crisis. Wall Street, el centro financiero de EEUU, como Riquelme, esta feliz. Los beneficios son elevadísimos y nada ha cambiado en Wall Street. Todo, prácticamente todo, ha quedado igual. Los grandes centros financieros son y permanecen inmunes a cualquier sanción o intervención pública. Pueden hacer lo que quieran, desde negociar con dinero negro, conseguido a través del tráfico de drogas (un componente importante del capital financiero) a asumir los riesgos que quieran, pues el Estado les salvará. En realidad, por mera coherencia lingüística, debe eliminarse la palabra “riesgo” del lenguaje financiero. Las grandes empresas financieras no corren ningún riesgo. El mercado no funciona en el sistema financiero, no existe, ni tampoco se le espera. Si una gran empresa financiera especula e invierte en una actividad de alto riesgo y resulta que fracasa en su inversión, el Estado vendrá y le sacará de los apuros. El Ministro de Justicia del Gobierno Federal de EEUU (que se denomina Attorney General), el Sr. Eric Holder, en su testimonio frente al Comité del Senado de aquel país, encargado de la regulación bancaria, frente a las críticas de algunos Senadores por la excesiva prudencia y pasividad del Gobierno Federal frente a los escándalos de los grandes bancos, responsables de la crisis financiera, señaló que la máxima preocupación del gobierno era la estabilidad financiera, indicando que una intervención pública de carácter sancionador “crearía inestabilidad financiera”. Este argumento ha sido empleado constantemente por las autoridades públicas para no intervenir y sancionar a las grandes empresas financieras. La seguridad financiera es el argumento que se utiliza para proteger cualquier comportamiento (incluso delictivo) que la banca realice en su búsqueda de mayor beneficio. Hoy, todo el mundo sabe que J.P. Morgan y Bank of America han cometido un gran número de actividades delictivas. Y, sin embargo, no se les toca porque alterarían la “estabilidad financiera”. Parecería lógico, por lo tanto, que frente a esta situación el Gobierno Federal considerara como una medida urgente y necesaria, para lograr un sistema financiero sano, prevenir la enorme concentración de la actividad bancaria, rompiendo estos grandes conglomerados en diversos componentes más pequeños, evitando la existencia de grandes bancos, convirtiendo los bancos en actividades comunitarias. Como se dice en EEUU, el tamaño de los bancos les protege de ir a la prisión (“too big to fail means to be too big to jail”). El hecho de que esta alternativa ni se considere demuestra el inmenso poder de tales bancos.

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domingo, 24 de marzo de 2013

Estados Unidos, un país del Tercer Mundo

En marzo coincidieron los estrenos de dos películas destinadas a alimentar la polémica alrededor de la que quizás sea la más dramática paradoja que viene profundizándose en Estados Unidos: el país más rico del mundo exhibe índices de pobreza e inseguridad alimentaria más propios del Tercer Mundo que de una superpotencia global. Lo llamativo es que ninguna de estas obras proviene de la periferia de la industria cinematogrática. “Un lugar en la mesa” (A Place at the Table) lleva el sello de Participant Productions, la misma compañía que tuvo a su cargo la realización de películas tan exitosas como “Lincoln”, “The Help” (distribuída aquí con el título de Historias Cruzadas), “Food Inc.” y “La verdad incómoda”, de Al Gore. El filme exhibe, entre otros, el testimonio del actor Jeff Bridges, un reconocido militante de las campañas contra la pobreza. El otro estreno cinematográfico resonante es el de “American Winter” (Invierno americano) un documental que narra las desventuras de ocho familias de la ciudad de Portland, Oregon, que durante el último invierno tuvieron que pedir ayuda a un servicio de emergencia. Los realizadores son Joe y Harry Gantz, ganadores de premios Emmy y creadores de la conocida serie Confesiones en un taxi, que emite la cadena HBO.

El panorama que surge de ambas producciones es sorprendente en el peor de los sentidos. Los realizadores de “Un lugar en la mesa” destacan que la inseguridad alimentaria afecta a uno de cada cinco niños, lo que revela un aumento del 37% con respecto a 1999. Vale la pena recordar, aquí, que en 2008 el entonces candidato presidencial Barack Obama prometió erradicar la desnutrición infantil en Estados Unidos antes de 2015; un objetivo que parece claramente inalcanzable, sobre todo después de los recortes fiscales acordados en las últimas semanas en el Congreso. El avance de la pobreza y la indigencia es persistente y no parece tener correlación alguna con el signo político de los gobiernos. Durante la conservadora administración Reagan, la inseguridad alimentaria afectaba a 20 millones de norteamericanos, menos de la mitad de los que aparecen en las estadísticas actuales.

Trabajar con hambre

Otro inquietante signo de los tiempos es un dato que muchos ignoran: la mayoría de los padres de niños en situación de inseguridad alimentaria trabajan en empleos de tiempo completo. Esto surge claramente de una encuesta realizada el año pasado por la ONG Food Research and Action Center, en la que 24% de los consultados reconocieron que, a pesar de tener un empleo estable, estaban muy o bastante preocupados ante la posibilidad de no poder afrontar los gastos en comida para sus hogares. El actor Jeff Bridges brinda una interesante reflexión en la película, tras mencionar que Estados Unidos es la economía desarrollada con los peores índices en materia de seguridad alimentaria. “Si otro país le estuviera haciendo esto a nuestros hijos, no dudaríamos en declararle la guerra”, afirma. Sin embargo, la visión predominante en la clase política y en la opinión pública estadounidense es que la cuestión debe ser abordada por organizaciones humanitarias o por obras de caridad, una vía que ya ha probado resultar insuficiente para la magnitud del problema. Y la propuesta de Obama de asignar un fondo de US$ 10.000 millones durante la próxima década para mejorar la alimentación en las escuelas primarias naufragó en el mismo parlamento que autorizó un gasto mensual equivalente para mantener la ocupación militar en Afganistán. Durante su reciente mensaje a la asamblea legislativa, el presidente anunció otra iniciativa que, según la mayoría de los expertos en el tema, resulta mucho más prometedora que cualquier programa de asistencia oficial o privada: aumentar el salario mínimo de los actuales US$ 7,25 por hora a US$ 9 y mantenerlo luego en línea con la inflación. El economista Paul Krugman apoyó abiertamente la idea en un reciente artículo, en el que advirtió que “desde hace cuatro décadas, el salario mínimo viene retrasándose con respecto a la inflación, lo que hace que, en términos reales, sea hoy sustancialmente más bajo en que los años ’60. Mientras tanto, la productividad de los trabajadores se ha duplicado”.

 Estos datos revelan la verdadera naturaleza de las tribulaciones que acosan a la sociedad más rica del mundo:

 -Suman 46,2 millones los estadounidenses que se encuentran por debajo de la línea de pobreza (US$ 17.916 anuales para una familia de tres personas), lo que equivale a un 15,1%.
 -En el caso de los niños, son 16,1 millones, o 22% del total. Pero el índice es mucho más alto entre los negros (39%) y los latinos (34%).
 -La indigencia (ingresos inferiores a US$ 11.510 para una familia de cuatro miembros) llega a 20,4 millones de personas, de las cuales 15 millones son mujeres y niños.
 -La brecha del género es evidente: las mujeres tienen 34% más probabilidades que los hombres de caer en la pobreza. -Uno de cada cuatro trabajadores gana menos de US$ 23.000 anuales, que es el umbral de la pobreza para un hogar de cuatro personas.
 -Los niños que viven en la calle o en refugios son 1.600.000, de los cuales el 42% tiene menos de seis años.

 El fenómeno de la pobreza no puede comprenderse en Estados Unidos sin una referencia a la desigualdad creciente en la distribución del ingreso que viene registrándose en las últimas tres décadas:

 -El 40% de la riqueza está concentrada en apenas el 1% de la población, en tanto que el 80% de los habitantes sólo poseen el 7%.
 -El director ejecutivo de una empresa gana 380 veces más que el empleado promedio.
 -El trabajador promedio necesita, así, algo más de un mes de sueldo para alcanzar el mismo ingreso que el CEO recibe en apenas una hora.

 Este es el modelo economico de los liberales argentinos.

 Fuente

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