domingo, 28 de mayo de 2006

Galbraith

Galbraith tuvo la valentía de arremeter contra los mitos del liberalismo y los poderosos intereses que los sostienen. Galbraith vivió las primeras experiencias en el manejo de la realidad durante la Segunda Guerra Mundial (1941) en una misión muy difícil y contra los más sacrosantos dogmas del pensamiento clásico. Convocado por Roosevelt para administrar los precios internos, aprendió que los libros e ideólogos –en línea con las rebeldes reacciones de monopolios y oligopolios– harían fracasar la misión si admitía limitar el control a un cierto número de artículos seleccionados. Pronto comprendió que debía transgredir ese axioma liberal –casi una herejía por aquellos tiempos y en los actuales también– y no vaciló en extenderlo a todos los bienes comercializables. Contra los pronósticos agoreros, el éxito fue total. Consiguió mantener así los precios internos en un nivel inferior al dos por ciento anual, pese al incesante incremento de la demanda y los altos índices de ocupación que acompañaron al período. Lo que sus colegas consideraron un milagro inexplicable, para él era apenas una gran lección que le advirtió sobre la necesidad de someter todo al examen de resultados verificables. Galbraith cuestionó la eficiencia asignativa óptima adjudicada al libre juego de la oferta y la demanda abogando por la participación activa del Estado. En su libro La sociedad opulenta echó por tierra la supuesta acción protagónica de la “soberanía del consumidor” frente a las fuerzas empresarias dominantes de alta concentración que manejan y regulan la oferta con el objeto de maximizar los beneficios. De allí que reivindicara como indispensables el desempeño de funciones indelegables a cargo del sector público, para evitar que aquéllas impusieran su voluntad omnímoda a la población desprotegida. Galbraith decía que lo primero que hay que hacer para entender a un economista es preguntarse: ¿quién le paga?. Si un economista es demasiado alabado por los ricos, hay que ponerse en guardia, decía. En la persecución de sus intereses personales, los ricos están afectados por un vago sentimiento de culpabilidad. Aquel que contribuya a librarlos de él tiene asegurado su apoyo, con lo que acceden rápidamente más a consolidar su apoyo que a indagar la verdad. Con respecto a los revaluados integrantes de la denominada “escuela austríaca” (Von Misses, Harberler, Von Hayek, etcétera) que, entre otros, exaltan nuestros liberales criollos, son certero blanco de su punzante ironía que los descalifica al enfatizar: “Durante los años de 1930 y 1940 partieron todos a predicar con ardor su evangelio neoclásico en Estados Unidos. La economía austríaca, que había funcionado mal durante su permanencia en el país, se recuperó brillantemente después de su partida”.


3 comentarios:

Anónimo dijo...

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