domingo, 14 de noviembre de 2010

Conocimiento, palanca de la riqueza

Los países que crecieron en el siglo XIX y XX lo hicieron invirtiendo en educación, ciencia y tecnología. En América Latina, la Argentina incluida, por supuesto, los indicadores de esos rubros son penosos. En el ranking de las 200 mejores universidades del mundo aparece primero Harvard y sólo incluye a la UNAM de Mexico en el puesto 190. En cambio, en ese ranking figuran varias universidades de China, India, Corea del Sur e Israel, incluso una de una ciudad estado como Singapur. En el cuerpo de 800 investigadores generadores de patentes de Microsoft, el 40% son asiáticos y el 1% … latinoamericanos. Sun Microsystems tiene en sus laboratorios 8.000 investigadores distribuidos en todo el mundo: el 45% son chinos e indios, el 1% … latinoamericanos. Las transformaciones científico tecnológicas del último siglo han determinado que la sociedad esté basada en la disponibilidad y capacidad de gestión del conocimiento. De allí que los países de más rápido desarrollo son los que hacen mayores inversiones en educación y tienen mejores desempeño en ese campo. Por el contrario, en los países de bajo desarrollo, o cuyas clases dirigentes carecen de visión estratégica, la inversión en educación y los rendimientos educativos están por debajo del promedio. Así sucede en Argentina y en otros países latinoamericanos. La inversión en educación tiene altos rendimientos por la productividad que genera y porque el aumento de la demanda de personal calificado es mayor que el incremento de la oferta. Según las investigaciones realizadas en países del este asiático, la contribución al aumento de la productividad y el retorno social de la educación en la economía es por lo menos tan elevado como la de cualquier otra inversión alternativa del capital. Por eso, la inversión en capital humano, específicamente en educación, puede conducir al crecimiento económico más que la inversión en capital físico. Suplementariamente, los beneficios de la inversión en educación son relativamente mayores en los países de menor desarrollo que en los de mayor. Incluso en el agro de los países asiáticos, el grado de educación influye en el crecimiento agrícola porque las personas más educadas tienen más capacidad para elegir y utilizar tecnologías más modernas que las menos educadas. Esto no es una novedad histórica. La disponibilidad de conocimiento es un requisito del progreso desde el comienzo de la historia. Y la investigación científico tecnológica sistemática y la difusión de la educación masiva son factores productivos cruciales desde el siglo XIX. La revolución industrial fue el producto de la incorporación de saberes tecnológicos que tuvieron la capacidad de transformar y aumentar drásticamente la productividad de las actividades productivas. La revolución industrial no fue el resultado de aplicaciones de conocimientos teóricos sino, en lo fundamental, consecuencias de descubrimientos y desarrollos realizados por hombres prácticos: fabricantes, hombres de negocios y hasta trabajadores. James Watt que perfeccionó la máquina de vapor e inventó el motor rotativo, fue uno de los pocos inventores influenciados por la ciencia de la época y en contacto con ella. Este cuadro comenzó a cambiar al fin del siglo XVIII. La primera revolución industrial se basó en industrias como la textil, astilleros y ferrocarriles. Progresivamente, comenzó a basarse en otras más intensivas en conocimientos como la química y la de bienes de capital. El aumento en la complejidad de las máquinas y de los metales utilizados para construirlas, hizo indispensable la aplicación de la ingeniería y de la investigación científica y aumentó la necesidad de contar con una oferta de trabajadores, técnicos y profesionales más capacitados. En consecuencia, el nivel educativo y el alcance de los sistemas de investigación científica y desarrollo tecnológico, públicos o privados, tendrían un papel determinante en el desarrollo económico y en la competitividad de las economías. En este nuevo escenario, Gran Bretaña sufrió un progresivo retraso frente a otros países por su baja producción del conocimiento especializado, necesario para las nuevas industrias. Una de las razones es que, en el siglo XIX, respondiendo al ideal liberal, la educación británica era básicamente privada y orientada a las ciencias humanas y el estado no tomó medidas para desarrollar el tipo de conocimiento requerido. La educación pública fue instaurada en Gran Bretaña recién a fines del siglo XIX. Los liberales británicos de aquella época al igual que los liberales actuales en todo mundo (y muy particularmente en la Argentina donde su accionar maligno es ininterrumido), se opusieron a la participación estatal en la educación con el mismo énfasis y el mismo éxito que se opusieron a que el Estado protegiera industrias en declive. Los británicos trataron de vivir una segunda revolución con las mismas herramientas que habían empleado en la primera, tal como un general aplica las tácticas de la última guerra a la que se está peleando en el presente. La aplicación sistemática de las ciencias naturales, de reciente desarrollo, se vio retrasada por la perdurable tradición de aficionados y chapuceros y por la virtual ausencia de educación técnica… El sistema educativo, que nunca ha sido la institución más progresista de Gran Bretaña, se opuso a la incorporación de las ciencias aplicadas dentro de su programa de estudios. El entrenamiento informal, de antigua tradición, siguió siendo el principal medio de transmisión de la información tecnológica. En ese período, los científicos británicos se dedicaban prioritariamente a la investigación básica y daban poco lugar a la aplicada. Mientras el estado y la sociedad británicas adherían a, en los términos de Keynes, “la religión del laissez faire”, sus competidores llevaban a cabo políticas de estado para el desarrollo educativo y científico tecnológico. En el continente europeo, los gobiernos promovieron la educación primaria, aunque limitadamente, porque la escolarización completa hubiera significado retirar los niños de las fábricas o de sus tareas rurales. También desarrollaron las escuelas públicas de educación superior. En Francia, Napoleón I profundizó la tarea de formación de la elite técnica y científica destinada al servicio del estado que había sido iniciada por el Antiguo Régimen. En Alemania y en Estados Unidos las investigaciones de las universidades estaban vinculadas con la producción y en muchos casos directamente con las necesidades de grandes empresas. Alemania se distinguió por su impulso a las escuelas de artes y oficios y a los estudios de ingeniería, que abastecieron las industrias de la segunda revolución industrial, las de la química y la siderurgia. La mayoría de los países europeos fundaron escuelas técnicas, que desempeñaron un papel decisivo en la actualización del conocimiento. Los graduados de la Technische Hochschule alemana sorprendieron a los hombres de negocios británicos y acrecentaron el temor que sentía ante la competencia. Aún así, la mayor parte del costo seguía a cargo de las familias, lo cual subordinaba el acceso a la educación a las clases pudientes. Pero, las nuevas clases medias y burguesas tenían más aprecio por la educación y por las oportunidades que proporcionaba que las clases tradicionales y los viejos representantes de la burguesía, que habían crecido en base a sus habilidades específicas y sin preparación técnica especial. En Estados Unidos el talento individual no quedaba limitado a los dirigentes de la industria sino que también lo compartían los trabajadores, especialmente en Nueva Inglaterra, por lo que algunas de las razones que explican esta competencia industrial pueden aplicarse tanto a los empresarios como a los obreros americanos. Una de ellas era, sin duda, la excelente educación que se impartía en el Norte de los Estados Unidos y muy particularmente en Nueva Inglaterra. En 1850 la producción de escolares con respecto a la población total en Nueva Inglaterra era de 26 por 100; en los Estados Unidos (excluyendo los esclavos) era del 20 por 100. Los porcentajes siguen en orden descendiente para los demás centros industriales de la época: Sajonia, 17%, Prusia 16%, Gran Bretaña 14% y Francia 10%. En Estados Unidos se agregó otro ingrediente. Las grandes empresas que aparecieron en el siglo XIX, incorporaron una cultura de la organización científica del trabajo y de la administración y, por lo tanto una cultura que estimuló la incorporación de equipos de investigación científica. Tenían, además, la dotación de capital suficiente para financiarlos. A fines del siglo XIX Gran Bretaña ya estaba detrás de Estados Unidos, Alemania y otros países europeos en nivel de alfabetización y número de estudiantes universitarios y sus ingenieros tenían una preparación muy inferior a los de las universidades estadounidenses o alemanas. El fracaso británico de fines del siglo XIX no fue económico sino científico y tecnológico. La importancia del conocimiento en la economía se acentuó a medida que se profundizaba el avance tecnológico y en el siglo XX el conocimiento fue desplazando a los recursos físicos como factor productivo fundamental. La experiencia moderna más importante en desarrollo educacional en todos los niveles se encuentra en los países asiáticos de rápido crecimiento y en países occidentales que apoyaron su crecimiento en el conocimiento, como Finlandia e Irlanda. Países asiáticos como Japón, Corea o Taiwan hicieron fuertes progresos educativos asociados con programas de crecimiento y en base a planificación estatal. Las estadísticas internacionales sobre gasto en educción muestran la importancia que los países más desarrollados otorgan al tema y los escasos esfuerzos que hacen países atrasados que necesitan mejorar sus estándares educativos para crecer. La desinversión en conocimiento de Argentina y otros países de bajo desarrollo es un salvoconducto para la consolidación del atraso.

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