domingo, 31 de mayo de 2009

Levanten, apunten, fuego

Cuando se estudia los procesos industriales no se puede dejar de dejar considerar las voluntades políticas, como el rol de Gran Bretaña que desde mediados del siglo XVIII, para conservar su primacía incentivó la creación e instalación de fábricas, cuidando celosamente su monopolio y controlando “la fuga de cerebros” de técnicos que pudieran reproducir el proceso en otros países. Con este ejemplo, entre otros, muestra la existencia de una integración de objetivos entre los diversos gobiernos, grupos empresarios, funcionarios y técnicos, otorgándole a los diversos sistemas fabriles cierta direccionalidad, en base a este “modelo ideal”. En la Argentina no existió nunca esta integración. A esto contribuyo la “elite” que siempre priorizó las altas ganancias en el mercado mundial y los bajos riesgos productivos. El auge del modelo agro-exportador hacia fines del siglo pasado “condicionó” la posibilidad de generar una sociedad industrial. La crisis del ’30 no es meramente coyuntural, la opción de la industrialización por sustituciones es considerada por la elite como provisoria. A principios de los setenta, cuando Corea no soñaba con tener una industria electrónica, en la Argentina ya había empresas de avanzada en el sector. Hoy entre nosotros han desaparecido, mientras que Corea es una fuerza en el mercado mundial. Este es un país que ha generado empresarios dinámicos y eficientes como cualquier otro. Claro que no pudieron avanzar hasta ocupar la vanguardia industrial porque las políticas económicas se los impidieron. ¿Por qué lo impidieron?. Porque los líderes de este país tienen una visión macroeconómica que es falsa: creen que la Argentina es un gran país agropecuario por mérito de sus productores cuando, en realidad, es un país agropecuario porque Dios nos regaló una tierra enormemente fértil. Hay empresarios dinámicos en otros sectores pero sistemáticamente han encontrado tantas trabas a su desarrollo que son expulsados del sector. La Argentina es un cementerio de empresarios industriales dinámicos que terminaron luchando contra las viejas tradiciones de la elite del país. A fines de los sesenta el Gobierno termina promocionando grandes fábricas para completar el tejido industrial. Se construyen siderúrgicas y se concretan ambiciosos proyectos petroquímicos. También se expanden las industrias del aluminio, de la celulosa y el papel, y alguna industria mecánica de avanzada, como la de Pescarmona. Se trataba de producir insumos más baratos para el conjunto de la actividad industrial. Estos proyectos fueron concluidos y hoy, lo más moderno que tiene la industria argentina es el producto de esa promoción industrial de los años setenta. ¿Qué siguió después?. La interrupción de ese proceso a partir del golpe militar de 1976. Empiezan a desmantelar la promoción industrial y generan una ideología que propone abrir la economía y que los empresarios hagan como puedan. En lugar de la idea de ayudarlos a crecer, se parte de la idea de que, como no crecieron lo suficiente, hay que destruirlos. Y asi lo hicieron. Cuando se trata de defender sus intereses las elites no se andan con chiquitas.

En búsqueda del espíritu del capitalismo argentino

Jorge Schvarzer en "La industria que supimos conseguir" se propone brindar una explicación global y comprensible del desarrollo industrial argentino. Sin realizar nuevos aportes, logra hacer una síntesis clara de lo que se ha escrito hasta hoy sobre el tema. Schvarzer plantea, a su vez, un abordaje sociopolítico de la industria argentina. En realidad, su preocupación social se restringe al estudio de la ausencia de empresarios innovadores, definidos en términos schumpeterianos. A lo largo del texto intenta explicar por qué los empresarios argentinos no invierten en tecnología y asumen permanentemente actitudes especulativas y cortoplacistas. Parte de una caracterización errónea del agro pampeano, presuponiendo que la expansión agraria ocurrió únicamente en forma extensiva, sin incorporación de tecnología alguna. Esto habría acostumbrado a la élite a la obtención de ganancias fáciles vía la percepción de renta diferencial a escala internacional. Sin embargo, la percepción de renta diferencial implica desarrollo capitalista y, por lo tanto, inversión de capital. Como Schvarzer desconoce el empleo de tecnología en el agro argentino, ve a la renta diferencial tan sólo como el mecanismo por el cual la clase terrateniente habría obtenido ingentes ganancias por la explotación extensiva de las ventajas naturales de la pampa húmeda. Pero la renta no es una categoría de origen "natural" sino social: surge de la operacionalidad capitalista de la tierra. De este modo, la renta diferencial en vez de ser prueba de desarrollo capitalista, aparece como el primer mecanismo especulativo de una clase parasitaria que, de ahí en más, se acostumbraría a la obtención fácil de ganancias con un mínimo de inversión, imprimiendo una lógica que se trasladaría a la totalidad del sistema económico. Las altas ganancias obtenidas en el agro determinaban un alto costo de oportunidad para la industria. Sin embargo hubo numerosos intentos de producir bienes manufacturados para el consumo local, pero pocos consiguieron sostener el crecimiento de sus negocios. Schvarzer narra las biografías de algunos de los pioneros de la industria (Bieckert, Noel, Bagley) y de ellas deduce los atributos que poseía este tipo de empresarios exitosos: todos ellos habían tenido la percepción de un negocio que podría rendir buenos beneficios a corto plazo, poseerían el conocimiento de las técnicas necesarias traídas de su lugar de origen, y “un espíritu empresario (derivado a su vez de su origen social y cultural)”(p. 72). Ahora bien, si como dice Schvarzer los ensayos fueron numerosos y muy pocos tuvieron resultados satisfactorios, ¿estos fracasos han de entenderse por la carencia de las aptitudes mencionadas? Nada hay que justifique tal apreciación. Se debería explicar el éxito y el fracaso de unos y otros en términos económicos, sin recurrir a rasgos psicológicos o culturales. Del mismo modo el estancamiento de muchas empresas del período debería ser estudiado a partir de cuáles fueron las limitaciones a su expansión dictadas por el contexto económico y no por el pasaje a una segunda generación carente del espíritu empresario que había caracterizado a los pioneros. Debemos reconocer que esta es una falencia del conjunto de la historiografía argentina, que poco ha avanzado sobre el análisis del desarrollo industrial del período previo a 1914. Nótese que los dos libros que sirven de base a Schvarzer en este capítulo fueron escritos en 1940 y 1960 (la Historia de la industria argentina, de Dorfman y Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX, de Ferns). Continuando con su análisis, Schvarzer señala que entre 1910 y 1930 ocurriría una consolidación fabril, pero el sector industrial no experimentaría cambios técnicos y permanecería subordinado al sector agroexportador. Cuando, a partir del treinta, se subvierta esta relación la élite juzgaría los cambios como transitorios, y anhelaría el retorno al modelo anterior, creyendo aún en las potencialidades infinitas del agro. Según Schvarzer esta esperanza de retorno a la Argentina agroexportadora no fue abandonada nunca por los grupos económicos dominantes, y habría sido un determinante de la no profundización del desarrollo industrial. Durante el período 1943-1953 se consolida el proceso de sustitución de importaciones. Las empresas que obtenían grandes ganancias en el mercado interno ampliado no reinvirtirían en la industria. La ausencia de políticas estatales que estimulasen el aumento de la productividad y la dificultad para obtener divisas necesarias para introducir nueva maquinaria obstaculizarían estas inversiones. El capital al no poder ser reinvertido en el proceso productivo se orientó hacia actividades del sector no productivo. Schvarzer relaciona este proceso con el auge del turismo y el crecimiento de la ciudad de Mar del Plata. En este caso la explicación de Schvarzer nos parece correcta. Pero, en cambio, consideramos incorrecta la utilización de la misma idea como refuerzo de la imagen de la burguesía nacional en tanto poseedora de una mentalidad especulativa. Si en el contexto descripto, las causas de que el ahorro se vuelque hacia actividades no productivas se encuentran en condicionantes económicos, tal opción no debería ser vista como una confirmación de características inmanentes a la burguesía argentina, dado que en tales condiciones objetivas un empresariado de distinto origen hubiera actuado del mismo modo. Schvarzer señala que se intentó resolver el problema provocado por la crisis de divisas mediante una vuelta al agro, puesto que no se consideraba que el sector industrial estuviera en condiciones de exportar. Al fracasar este intento se vió como única solución posible la apertura al capital extranjero. Ante la imposibilidad de obtener créditos quedaría como opción la inversión directa de las transnacionales. Las transnacionales no cumplieron con las expectativas que habían suscitado. Al establecerse instalaban equipos antiguos y se dedicaban a explotar las demandas latentes, pero pronto el mercado se saturaría. Como la casa matriz se reservaba la explotación de otros mercados, las filiales argentinas tenían cerrado el paso a las exportaciones, que hubiera sido la única alternativa para evitar el estancamiento productivo. A su vez las transnacionales no solucionaron la crisis de divisas: luego del período inicial de arribo de capitales, tanto en forma de inversión directa como de créditos, las remesas de capital giradas por las filiales a la casa matriz contribuyeron a agravar el problema. La élite que nunca habría abandonado la esperanza de retornar a los años dorados del agro argentino habría visto su oportunidad cuando, junto con el shock petrolero, aumentaron los precios de las materias primas. La política económica inicial del gobierno militar de 1976 estuvo signada por esta coyuntura. Pero pronto los precios agrarios descendieron nuevamente y la opción por el agro se transformó en una apuesta financiera: se había conformado a nivel mundial una mercado financiero poco regulado y de alta liquidez. Para atraer estos capitales era necesaria una apertura económica, atraso cambiario y altas tasas de interés locales. La industria local se vio perjudicada tanto por la competencia de bienes importados, cuyo precio era reducido por el atraso cambiario, como por la elevación de los costos financieros, producto del aumento de las tasas de interés. Sin embargo no todas las empresas fueron afectadas ya que las que aprendieron a operar como financieras o importadoras se beneficiaron de este proceso. El éxito de las empresas habría dependido menos de su eficiencia que de su capacidad financiera. En los noventa se produjo el desmantelamiento de el sistema de subsidios que operaba desde 1930. Simultáneamente a las privatizaciones se redujo el poder de compra del estado, reduciéndose las posibilidades que poseía el estado de estimular el desarrollo industrial a través de sus demandas. Las empresas locales incapaces de competir con las extranjeras se refugiaron en el sector de servicios, o en nichos protegidos de la competencia creados por las privatizaciones. Nuevamente la burguesía local, guarnecida por mercados monopólicos parecería haber encontrado la forma de obtener ganancias seguras y fáciles. A pesar de esto las exportaciones fabriles crecen, pero según Schvarzer la plantas industriales por sus condiciones de funcionamiento, se parecen más a los antiguos frigoríficos que a las plantas existentes en países modernos. Esta afirmación, que debería ser por lo menos matizada, no es casual en el argumento de Schvarzer, que busca establecer un paralelo entre la situación actual y el período previo a 1930. En este sentido resalta que las exportaciones argentinas en este momento se componen de productos agrarios y de commodities, (bienes industriales simples). El precio de estos últimos se fija en los mercados mundiales y por ende están sometidos a intensas oscilaciones coyunturales. Schvarzer parece perder de vista que todas las mercancías fijan su precio en el mercado mundial, en ello no hay diferencia entre el trigo y las computadoras. El error de Schvarzer es dar por sentado que la producción de bienes de las ramas más modernas que incorporan más tecnología, permite acceder a niveles adecuados de desarrollo y bienestar social. El ejemplo de los países del Sudeste asiático demuestra que no es así. Esta equivocación se debe a que Schvarzer, a pesar de enfatizar la necesidad de un análisis social y político de la industria argentina, no aborda en ningún momento las características del modo de producción en que la industria se desarrolla, se limita a buscar las causas por las que la burguesía argentina no actuó como la de los países industrializados. En cuanto a los trabajadores, su abordaje de la cuestión social se limita a una postura keynesiana en cuanto a los salarios y bienestar social y se lamenta de que el aumento del poder de las comisiones internas durante el peronismo halla frenado el aumento de productividad y la incorporación de tecnología, acentuando la tendencia a la parálisis productiva. El retorno en la actualidad a políticas semejantes a las del período 1880-1930, habría sido preparado, según la visión de Schvarzer, por la imagen idílica que la clase dominante conservó de aquel y por la no constitución de una alianza entre el estado, los técnicos y los empresarios innovadores que hicieran suyo el proyecto de industrialización. Schvarzer comete en los dos períodos que compara los mismos errores: del mismo modo que desconoce la incorporación de tecnología en el agro a fines del siglo pasado e inicios del presente, no puede ver que el desempleo y la quiebra de muchas empresas es el producto de un proceso de reestructuración capitalista. La presente crisis capitalista, que por supuesto Schvarzer no analiza, intenta resolverse, como todas las crisis anteriores, por un aumento de la explotación del trabajo y por la concentración de capitales. Este proceso ocurre actualmente en la Argentina: un núcleo de empresas han incorporado nuevas tecnologías, aumentando así la productividad, y por lo tanto la explotación de los trabajadores. Al mismo tiempo el crecimiento del desempleo (la ampliación del ejército industrial de reserva) hace descender los salarios. Simultáneamente se produce una concentración de capitales a escala internacional. Vemos sus efectos cuando, tras la apertura económica, las empresas locales son desplazadas. En este contexto algunos grupos lo suficientemente poderosos logran refugiarse en nichos protegidos de la competencia extranjera, tal es el caso del sector servicios, especialmente el de las empresas privatizadas. Vemos aquí como el fenómeno de terciarización de los grupos locales, que Schvarzer describe, puede y debe ser explicado por la dinámica del sistema capitalista y no por las características supuestamente inmanentes al empresariado argentino. Salvo por una breve mención al monetarismo Schvarzer no aborda las teorías económicas que sustentaron las distintas políticas industriales. Quizás esto se relacione con las propias falencias teóricas del ensayo. La tesis central se limita a repetir un lugar común acerca de la economía argentina: el carácter parasitario de la burguesía argentina. Nosotros no negamos la existencia de acciones especulativas pero sí que estas sean exclusivas del empresariado argentino y que se deban a un patrón de comportamiento específico que le sea propio. Esta visión sólo puede ser sostenida, tal como lo hace Schvarzer, omitiendo toda perspectiva comparativa y haciendo abstracción del desarrollo capitalista y sus contradicciones. Estos elementos son pues, los que han de ser incorporados al análisis de la industria Argentina.

Fuente

La industria que supimos conseguir

Partiendo de la premisa de que la formación de una sociedad industrial como sinónimo de nación desarrollada y moderna debe ser entendida como un sistema social y económico, Jorge Schvarzer hace un análisis de la historia político y social de la industria argentina, centralizándose en las características de su lógica económica. Considerando que el proceso fabril está basado en una lógica productiva cuyo motor es la ciencia y la tecnología en un determinado contexto social que promueve y estimula su expansión, el autor intenta mostrar que en la Argentina, la mera acumulación de talleres, máquinas, instalaciones y equipos no consiguió establecer un sistema fabril coherente. El desarrollo de la Revolución Industrial (ferrocarril y buques a vapor) y no el capitalismo forjó, según el autor, la formación del mercado mundial hacia fines del siglo pasado. Ahora bien, ¿es posible diferenciar el capitalismo de la máquina a vapor como símbolo de la revolución industrial? ¿No forman parte de un mismo proceso? La dinámica del capitalismo de expandirse a nivel mundial, no es mencionada, por Schvarzer que de algún modo idealiza un determinado tipo de capitalismo racional. Sin embargo, señala que no se puede establecer una especie de “determinismo tecnológico”, sin considerar las voluntades políticas, como cuando se remarca el rol de Gran Bretaña que desde mediados del siglo XVIII, para conservar su primacía incentivó la creación e instalación de fábricas, cuidando celosamente su monopolio y controlando “la fuga de cerebros” de técnicos que pudieran reproducir el proceso en otros países. Con este ejemplo, entre otros, muestra la existencia de una integración de objetivos entre los diversos gobiernos, grupos empresarios, funcionarios y técnicos, otorgándole a los diversos sistemas fabriles cierta direccionalidad, en base a este “modelo ideal”; lo que el autor intenta demostrar es que en la Argentina no existió dicha integración, “lamentando” que no se haya copiado con ingenio alguna alternativa coherente. La inserción al mercado mundial marcó a fuego los diversos intentos de desarrollo industrial. Desde los primitivos saladeros que requerían escasa tecnología, hasta la instalación de los ferrocarriles sin desarrollar una siderurgia autóctona y promoviéndola en cambio, en Gran Bretaña, van tallando las huellas de una lógica más comercial que industrial ideal, donde la elite que se va conformando, prioriza las altas ganancias en el mercado mundial y los bajos riesgos productivos. El auge del modelo agro-exportador hacia fines del siglo pasado “condicionó” la posibilidad de generar una sociedad industrial, ya que los planteos industrialistas partían de la misma elite exportadora ante las crisis coyunturales de la balanza comercial, producto de la baja de los precios de exportación y la consecuente imposibilidad de importar productos; o bien durante la Primera Guerra Mundial, conformándose una incipiente producción fabril basada en la producción alimenticia y caracterizada por el escaso interés en los cambios tecnológicos y la ausencia de progreso productivo y social, remarcando la actitud paternalista de los empresarios, y que la dependencia de la provisión externa de máquinas y herramientas se manifestaba como uno de los problemas del desarrollo industrial, en una economía donde existían áreas controladas por grupos monopólicos. La revalorización de la figura de Alejandro Bunge como protector de la industria local, de la implementación de la enseñanza técnica, y de su interés por construir viviendas para los grandes sectores sociales, que podría generar efectos positivos sobre una serie de ramas productivas mientras mejoraría las condiciones de vida de toda la población; marca claramente aquella idealización de un determinado tipo de capitalismo que vitaliza el mercado interno con ribetes distribucionistas, “criticando” que los proyectos de Bunge hayan sido ignorados por la elite; en cierta medida le objeta a las clases dominantes que no advirtieran la necesidad de desarrollar dicho modelo, perdiendo de vista que su objetivo estratégico era acomodarse de la mejor manera posible a los vaivenes del mercado mundial. Si bien la crisis del ’30 no es meramente coyuntural, la opción de la industrialización por sustituciones es considerada por la elite como provisoria, ya que se soñaba con un no tan tardío retorno a la “época dorada” del auge exportador, como lo señalaría brillantemente ante el debilitamiento del poder industrial británico y la incipiente necesidad de acercarse hacia los Estados Unidos, uno de los exponentes más lúcidos de la elite, Federico Pinedo: “una rueda menor dentro de la rueda mayor, las exportaciones”, previendo parte de nuestro futuro. Ante este marco, Schvarzer sostiene que: “...la opción natural de los propietarios constituía en maximizar sus beneficios personales; para ello retiraban la mayor cantidad posible de ganancias al mismo tiempo que reducían al mismo tiempo sus inversiones. Lentamente, esas plantas tendían a convertirse en mastodontes antidiluvianos cuya presencia agobiaría durante décadas a la economía nacional” y donde “... las empresas que no pasaron a una dirección tecnocrática, quedando bajo control de la familia fundadora (en este caso, de la aristocracia británica) tendieron a perder su predominio fabril” e iniciando una constante de la gran industria local: ganancias exorbitantes y no pago de impuestos: otra vez encontramos su obsesión por ese capitalismo “ideal” coherente que integre gobiernos, técnicos y empresarios, y que si estos últimos se preocuparan por renovarse tecnológicamente y pagaran sus impuestos habría posibilidades de iniciar un proceso distributivo. El vuelco de la producción industrial (donde el ejército como rama del Estado, ante las “falencias” de los empresarios, jugó un rol central) a un ampliado mercado interno, debido a la política implementada en la primera época del peronismo de aumento de poder de compra de los trabajadores es visto por el autor como “ ...un círculo virtuoso que agotó su efecto cuando ya no se consiguió seguir importando máquinas e insumos para continuar el esquema”, iniciando una etapa de apuesta eufórica al capital extranjero donde se priorizaba la centralidad del poder patronal, más que el aumento de niveles de productividad. Además, la tendencia estratégica de las transnacionales de reinvertir una parte de las ganancias locales y girar el resto al exterior y darle escasa importancia a la mejora de la calidad tecnológica, profundizó esa lógica de la elite de apostar a grandes ganancias en el mercado mundial, y por ende, ser “flexible” en las inversiones, para poder pegar saltos entre diversas áreas productivas, e incluso no productivas, en un marco de creciente integración y creciente concentración oligopólica. El ingreso de las transnacionales provenientes de los Estados Unidos reemplazó del centro de la escena la tradicional dependencia de Gran Bretaña; esta nueva situación inquietó a la nueva elite, que comenzó a imaginar nuevas cías para retomar el impulso de las relaciones con Europa, como lo señalaba claramente mariano Grondona, uno de los intelectuales orgánicos del establishment: “...una Argentina señora de América latina seguirá necesitando más que nunca la presencia europea para compensar la influencia norteamericana”. Un par de años más tarde, el mismo Grondona sostenía que: “...Por mucho tiempo, la América Latina depen-derá para su desarrollo de las inversiones y los prestamos externos. La única manera como puede asegurar su independencia en medio de ese proceso es diversificando las fuentes de dependencia. Es la fuerza de los débiles; no estar ligados a un solo señor”. Luego del breve interregno de los setentas, con el apoyo al capital local y el fomento a nuevas empresas estatales se inicia un proceso caracterizado por la expansión del nuevo mercado financiero poco regulado, con excedente de liquidez y dispuesto a prestar dinero sobrante, profundizando por las políticas monetaristas – implementadas con mayor fuerza a partir de la última dictadura militar – que ignoran la producción al ser considerada como una rama secundaria de la economía; quebrando un sistema productivo – que no logró madurar – modificando profundamente la vida económica y social del país. La lógica financiera y la concentración económica aceleraron la transformación de numerosas fábricas en inversiones no productivas, remarcando que lo primordial sigue siendo el aumento de la tasa de ganancia (donde la fuga de capitales juega un rol importante en este sentido), en desmedro de cualquier intento de mejorar la calidad tecnológica del sistema productivo existente, acelerando un proceso creciente de desindustrialización. Las diversas políticas económicas comenzaron a ofrecer, además, opciones alternativas en negocios en torno al aparato del Estado a través de la llamada “privatización periférica” en época de la última dictadura, y posteriormente durante los gobiernos electos, esta tendencia se aceleró ante los procesos de reformas del Estado, en las cuales los concesionarios de los servicios públicos y de las empresas vendidas, ya no estaban obligados a proveerse en empresas fabriles locales, consolidando la apertura económica. Las consecuencias sociales de los trabajadores fabriles, ante la aplicación de estas políticas económicas son consideradas como el sometimiento a una doble represión: “la física y la generada por el cierre de establecimientos y la eliminación de empleos. La primera destruía a los líderes y activistas y provocaba el miedo. El largo período de expansión del número y mejora de la calidad técnica de los trabajadores llegó a su fin, con efectos que se extendieron a lo largo del tiempo”. Schvarzer plantea que las rebajas de los aranceles destrozaron implacablemente el antiguo sistema proteccionista, las tarifas bajas se combinaron con el nuevo valor del tipo de cambio para dar lugar a una avalancha de bienes importados afectó las posiciones de una amplia franja de empresarios, produciéndose un veloz cambio en un período breve; la pérdida del mercado local instaló el recurso de la importación, remarcando que la es-casez de producción limita las posibilidades de reparto, agravando la situación de los más pobres, la falta de dinamismo del sector productivo reduce las posibilidades reales de conseguir empleo industrial, orientando el panorama económico y social argentino en dirección con el resto de los países pobres de América Latina. En síntesis, la perspectiva neo-keynesiana de Schvarzer, se vislumbra a lo largo de la obra, marcando que “...la elite no reconoce ni acepta que la caída de los precios relativos de las materias primas en el mercado mundial ha terminado para siempre con ese modelo. En cambio, quienes la integran ofrecen la coherencia de no haber cedido sus posiciones; pasaron de la ortodoxia clásica a la neoortodoxa sin haber aterrizado nunca en modelos como el keynesiano (que ven como falso e intrínsecamente perverso). Diversos representantes y entidades de la elite repiten ese discurso, que puede encontrarse en los periódicos y fortifica cada vez que comienza a subir los precios de los bienes agrarios en el mercado mundial”, vitalizando una actitud negativa ante la industria local; cuestionando las “insuficiencias ideológicas” de nuestras clases dominantes para que se desarrolle un sistema capitalista racional de carácter industrial.

Reportaje al economista Jorge Schvarzer

Según el economista Jorge Schvarzer, a principios de los setenta, cuando Corea no soñaba con tener una industria electrónica, en la Argentina ya había empresas de avanzada en el sector. Hoy entre nosotros han desaparecido, mientras que Corea es una fuerza en el mercado mundial. Esta es una de las referencias significativas que incluyó en su libro "La industria que supimos conseguir", publicado hace pocas semanas por Planeta. Schvarzer analizó con Clarín lo que considera la involución de la industria argentina en las últimas décadas: en las décadas del cincuenta y sesenta, cuatro de cada diez nuevos empleos que se creaban en el país eran del sector industrial, y otra parte importante estaba ligado a él. Ahora la proporción no existe. Schvarzer es miembro del Centro de Investigaciones Sociales sobre el Estado y la Administración y profesor en las universidades de Buenos Aires, París, Autónoma de México y Federal de Río Grande Do Sul. Hace tiempo, el sociólogo José Luis de Imaz dijo que la Argentina es un país con industrias, pero no un país industrial. Según él, cuando nuestros industriales ganan dinero prefieren invertirlo en el campo. ¿Usted qué piensa?. "En realidad, este es un país que ha generado empresarios dinámicos y eficientes como cualquier otro. Claro que no pudieron avanzar hasta ocupar la vanguardia industrial porque las políticas económicas se los impidieron. ¿Por qué lo impidieron? "Creo que se debe a que los líderes del país tienen una visión macroeconómica que es falsa: creen que la Argentina es un gran país agropecuario por mérito de sus productores cuando, en realidad, es un país agropecuario porque Dios nos regaló una tierra enormemente fértil. Nuestro país es rico por las mismas razones que lo es Kuwait con su petróleo. No es el resultado de la acción de los gobiernos ni de los empresarios productores. Es una riqueza natural que ha engañado a un par de generaciones. En algún momento también se creyó que esa riqueza sostenía una vida digna para el conjunto del país... "Los dirigentes decían: "Para qué tener industrias, si nosotros podemos abastecer de carne y trigo a todo el mundo", o "Somos el granero del mundo" o "la fábrica mundial de carne", como se puede estar pensando ahora a causa del problema europeo de la "vaca loca". De hecho, la Argentina no tiene capacidad para producir mucha más carne y trigo que el nivel actual, en condiciones competitivas. Y el mercado mundial, al menos hasta ahora, tampoco está dispuesto a pagarle mucho más. Quiero decir que el modelo de país agropecuario servía para los seis o siete millones de habitantes de principios de siglo. Pero no es una solución para un país de treinta y cinco millones de habitantes en el umbral del siglo XXI."¿Por qué no se pudo generar el sueño colectivo de un país industrial? "Es que, desde las primeras décadas, los líderes de la Unión Industrial Argentina no eran empresarios industriales. Eran tanto dueños de fábricas como dueños de tierras; de bancos y de negocios de importación. No entendían qué era la industria ni las implicancias que tenía el proceso de industrialización. Entonces evitaban o impedían inconscientemente que la representación del sector estuviera en manos de los industriales emprendedores. "Entonces, ¿Imaz tenía razón?"En cierta forma, lo que dijo es verdad para un grupo de empresarios que han sido dueños de fábrica y no industriales. "Pero ¿es esa la realidad del conjunto de los industriales? "Por supuesto que no. Hay empresarios dinámicos. Pero uno advierte que sistemáticamente han encontrado tantas trabas a su desarrollo que son expulsados del sector. La Argentina es un cementerio de empresarios industriales dinámicos que terminaron luchando contra el viejo liderazgo del sector y contra las viejas tradiciones de la elite del país. "Déme ejemplos. "Bueno, cuando uno mira los '60 se encuentra con media docena de hombres que estaban avanzando en sectores modernos. Había un señor que fabricaba tornos Weischelbaun "su empresa era Wecheco", y que, además, era dirigente empresario, En los '60 consiguió exportar tornos de la Argentina. Era un milagro, pero Wecheco quebró y él quedó marginado del sector."También se exportaban plantas frigoríficas y farmacéuticas llave en mano. "Sí. Y estaba Atma, que hacía productos eléctricos y de plástico. Ocupaba la vanguardia, pero fue achicándose y desapareciendo. Y uno encuentra multitud de ejemplos de empresas dinámicas en los ramos químico, mecánico, sobre todo en máquinas-herramientas, que era un sector muy particular donde teníamos ingenieros y capacidades de punta. Bien, ese liderazgo también fue desapareciendo. "¿Qué fue lo que produjo aquel milagro? "Primero, que los empresarios dinámicos no existen en el vacío. Se trata de hombres que tienen conocimientos empresariales, espíritu de mercado, capital, pero también conocimientos técnicos o, al menos, se rodean de gente que los tiene. Viven en una red que les ofrece, además de capital de riesgo, una provisión de tecnólogos, ingenieros o expertos. Es decir que hay alguien que produce las condiciones como para que esos empresarios surjan. "Pero los '60 que usted menciona fueron políticamente convulsionados... "Fíjese: en 1966, el gobierno de Onganía intervino la Universidad y se produjo una renuncia masiva de profesores. Entre ellos estaba un grupo de alto nivel que trabajaba en un laboratorio de electrónica de la Facultad de Ingeniería. En esos años habían logrado generar una serie de conocimientos electrónicos que eran aun de avanzada en el panorama mundial. Ante la intervención de Onganía pensaron en irse del país porque, fuera de aquel laboratorio, no tenían ámbito de trabajo. Pero Fate, una empresa de neumáticos que buscaba nuevos campos de expansión, decidió contratar al grupo para desarrollar calculadoras electrónicas. Todavía no se hablaba de computadoras. Instalaron una planta que llamaron Cifra y produjeron maquinitas que en los '70 tuvieron gran éxito. "¿Qué pasó después? "Que en 1976 cambió la política económica y se abrió el mercado. Con la irrupción masiva de maquinitas importadas la empresa se vio obligada a cerrar. Y era un proyecto que todavía estaba a tiempo de seguir creciendo e, incluso, de competir en el mundo. "¿Hubiéramos sido una especie de Corea? "Bueno, en el año setenta Corea no tenía industria electrónica y ni siquiera pensaba en instalarla. Hoy es una fuerza en el mercado electrónico mundial. En 1970 la Argentina tenía mucho más potencial técnico, económico y empresarial, y capacidad de producir estas cosas que Corea. "¿Cómo evolucionó la cultura industrial en las últimas décadas? "A fines de los sesenta la Argentina termina una etapa de su desarrollo industrial. Hay una fuerte discusión acerca de cómo seguir y el Gobierno termina promocionando grandes fábricas para completar el tejido industrial e impulsar fábricas intermedias y derivadas que permitirán la expansión. "¿Por ejemplo? "Por ejemplo: se construyen grandes fábricas siderúrgicas y se concretan ambiciosos proyectos petroquímicos. También se expanden las industrias del aluminio, de la celulosa y el papel, y alguna industria mecánica de avanzada, como la de Pescarmona. Se trataba de producir insumos más baratos para el conjunto de la actividad industrial. Estos proyectos fueron concluidos y hoy, lo más moderno que tiene la industria argentina es el producto de esa promoción industrial de los años setenta. "¿Qué siguió después? "La interrupción de ese proceso a partir del golpe militar de 1976. Empiezan a desmantelar la promoción industrial y generan una ideología que propone abrir la economía y que los empresarios hagan como puedan. En lugar de la idea de ayudarlos a crecer, se parte de la idea de que, como no crecieron lo suficiente, hay que destruirlos. "Un argumento oficial es: "No es necesario que el país tenga toda clase de industrias". "Seguro. Lo que es necesario es que el país tenga cierta estructura industrial. El tema es: cuáles actividades pueden ser dinámicas en la Argentina. "¿Cuáles? "El discurso oficial dice: "La industria agroalimentaria por las ventajas comparativas de la pampa argentina". Pero la industria agroalimentaria que puede exportar tiene muy poco valor agregado y muy poco valor técnico. Podría ser un fenómeno si, al mismo tiempo, esas industrias demandasen la instalación de fábricas que armen equipos para ellas. Pero en las actuales condiciones de apertura, importamos equipos, o sea que generamos trabajo afuera. "¿Y restamos trabajo adentro? "Sí. En las décadas del cincuenta y del sesenta, cada cien nuevos empleos que se creaban, cuarenta eran de la industria, y una buena parte del resto se relacionaban con el sector. En la última década la industria no ha sido creadora de empleos sino expulsora. Hoy podemos decir que hay en el país tanto personal de servicio doméstico como empleados directos en la industria "no me refiero a los trabajadores indirectos, como porteros o gente de seguridad de la industria". Mirando el perfil que tiene hoy el empleo, este país involuciona hacia las formas típicas de América latina en lugar de evolucionar con más trabajos industriales y servicios de alta calificación hacia el desarrollo.

1996

sábado, 30 de mayo de 2009

¿Como pudieron mentirnos tanto?

Para la gente común, la profundidad de esta crisis planetaria es incomprensible. En especial por no haber recibido previo aviso de quienes se suponía que no podían ser sorprendidos: los economistas ortodoxos. Nos decían que la política monetaria había logrado controlar el ciclo comercial: mentían. Nos decian que con el cambio de políticas en los bancos centrales –que garantizaban inflación baja y estable– la volatilidad era cosa del pasado: mentían. Nos decían que las instituciones financieras y los mercados habían aprendido a autorregularse, que los inversores podían ser librados a sus propios medios: mentían. Nos decían que habian aprendido a evitar una calamidad financiera como la de 1929: mentían. Confiar en que los inversores se autorregulen es como pretender que los niños decidan lo que comen. Los académicos que advirtieron sobre el posible desastre fueron ignorados. Las instituciones financieras fomentaron la idea de que la regulación estricta era fútil. Con la eliminación de techos regulatorios en las tasas de interés que podían pagar los depositantes, los bancos comerciales tuvieron que competir por financiamiento ofreciendo tasas más altas, que a su vez los obligaron a adoptar políticas más arriesgadas de préstamos y de inversión para que las cuentas les cerraran. Los consumidores de la teoría económica ortodoxa, tendieron a elegir aquellos elementos que más favorecían sus propios intereses. Igualmente censurable, los productores de esa teoría, que se beneficiaban con ella tanto pecuniaria como psíquicamente, mostraron poca tendencia a objetar. Así se comprende cómo fue que la gran mayoría de los profesionales de la economía se mantuvo beatíficamente silenciosa y, ciertamente, ignorante del riesgo de desastre financiero. Durante muchos años fueron los teóricos los que gozaban de superioridad intelectual. Con su habilidad para resolver complicadas operaciones matemáticas, eran los miembros más prestigiosos de la profesión. En comparación, los métodos de los economistas empíricos, que buscaban analizar datos de la realidad, lucían rudimentarios. Los teóricos se mostraran condescendientes con sus colegas empíricos y fueran los amos del gallinero intelectual. Había triunfado la economía deductiva. Teóricos talentosos y hábiles fijaban la agenda intelectual. Esa misma habilidad les permitía construir modelos con infinidad de posibles implicancias. Eso significaba que los políticos podían elegir a su antojo. La teoría terminó siendo, entonces, demasiado maleable como para brindar una guía confiable a la política. Es hora de dar paso a la economía inductiva, donde el control y asesoramiento de los empíricos estará basado en la observación concreta de los mercados y sus habitantes. El trabajo en economía deben estar guiado por la observación del mundo real.

Noruega 'pesca' en la recesión

En medio de la peor crisis global desde la Gran Depresión, la economía noruega creció el año pasado ligeramente por debajo del 3%. El gobierno disfruta de un superávit presupuestario del 11% y su balance está totalmente libre de deuda. El pasado otoño, cuando el capitalismo parecía a punto de hundirse, Kristin Halvorsen, la ministra socialista de economía de Noruega, una escéptica del libre mercado desde hace mucho tiempo, hizo algo más que regodearse ante lo que estaba sucediendo. Mientras los inversores del mundo sobrevendían presos del pánico, ella aprovechó el revuelo, autorizando al fondo soberano noruego a que aumentara su fondo de compra de acciones en 60.000 millones de dólares, en torno al 23% de la producción económica de Noruega. Con un curioso espíritu de llevar la contraria, tan profundamente enraizado en el carácter nacional como los fiordos tallados en su accidentado paisaje, Noruega ha prosperado siguiendo su propio camino. Cuando otros despilfarraban, ahorró. Cuando otros intentaron limitar el papel del gobierno, Noruega reforzó su estado de bienestar desde la cuna hasta la tumba. Como en gran parte del resto del mundo los precios de las casas se han disparado, triplicándose en esta década. Pero en Noruega no ha habido un crack inmobiliario porque hay pocos excesos en la concesión de créditos hipotecarios. Los bancos noruegos siguen siendo saludables y prudentes en sus préstamos. Los bancos representan sólo el 2% de la economía y la estrecha vigilancia estatal sobre sus prácticas de préstamo ha impedido que los bancos noruegos asumieran el riesgo que hizo quebrar a sus homólogos islandeses. Pero desde luego, no han cerrado sus puertas a los solicitantes de créditos. Para Halvorsen, la ministra de economía, hasta la parte mala del sueño noruego parece bastante buena comparada con las pesadillas económicas de muchos países. “Como socialista, siempre he dicho que el mercado no puede autorregularse”, dice Halvorsen y agrega: “Pero hasta yo me sorprendí de la fuerza de la caída”.

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viernes, 29 de mayo de 2009

Noruega, un modelo exitoso

Apelando quizás a una tendencia vikinga –navegar contracorriente en aguas agitadas-, los noruegos se aferran al estado de bienestar que los suecos han abandonado en aras del mercado. Pero, mientras otros derrochaban, ellos ahorraban, o cuando sus vecinos disminuían el papel del estado, ellos lo profundizaban. Durante años, medios como el “Financial Times” o el “Wall Street Journal” anunciaban el colapso de ese “modelo paternalista de la cuna a la tumba”. Sin embargo, en medio de las peores turbulencias occidentales desde la depresión norteamericana de 1933/7, el producto bruto interno noruego logró subir casi 3%. En lo tocante al estado, obtuvo un superávit fiscal de 11% en términos de PBI y no tiene deuda externa. Por el contrario, Estados Unidos acumulará en el ejercicio 2008/9 un déficit de 12,9% (según igual parámetro) y una deuda pública de US$ 11 billones, o sea 65% del PBI. Los 4.800.000 habitantes de los fiordos gozan, sí, de una ventaja estratégica: su país de 325.000 km2 (poco más que la provincia de Buenos Aires) es el tercer exportador mundial de petróleo crudo. En 2008, año que marcó el pico de precios en Londres sus ingresos en ese rubro alcanzaron US$ 68.000 millones. Desde ese momento, cedieron, pero Noruega no ha caído en las trampas habituales de sus colegas exportadores. En vez de gastar alegremente sus riquezas, dictaba leyes para que los ingresos petroleros se depositasen en el fondo soberano. A su vez, éste los colocaba alrededor del planeta. Hoy esa cartera está a punto de convertirse en la mayor del mundo. Naturalmente, Noruega carece de jeques paseándose en Cadillac de oro ni levantando hoteles de siete estrellas. Tampoco, claro, arriesga ceses de pagos como el de Abu Dhabi. Los bancos permanecen en general líquidos y sus políticas de crédito son prudentes. Representan apenas 2% del PBI y, gracias a una estrecha supervisión gubernamental sobre sus prácticas financieras, han evitado los desastres de Gran Bretaña, Islandia, Irlanda o Estonia, Pero, por otro lado, no han dejado de prestar a individuos y empresas. Este panorama no evita que la oposición conservadora sostenga que petróleo y estado de bienestar están corrompiendo el espíritu nacional. Así, hace poco tuvo desmedida difusión un estudio originado en Londres, según el cual los noruegos trabajan menos horas que el resto de las democracias industriales. Por tanto, “el estado de bienestar fomenta el ocio”. Por ende, la ”ilusión de prosperidad acabará esfumándose”. Pero ese horizonte parece remoto. Mientras tanto, no hay contaminación, sobra el trabajo y el estado de bienestar es omnipresente, aun en los estratos más pobres o marginales.

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lunes, 25 de mayo de 2009

La crisis mundial y sus responsables

La crisis lleva ya dos años de su irrupción en escena, y desde entonces no hace más que agravarse. Es mas, nadie sabe siquiera cómo evoluciona. Si tomamos nota de que los valores respaldados por hipotecas son sólo un segmento de los valores respaldados por activos (que comprenden, entre otros, valores respaldados por préstamos personales, préstamos de consumo, cuentas por cobrar de tarjetas de crédito, préstamos para la compra de automotores), todos los cuales se basan, en el último escalón, en la demanda y el consumo, sólo tendremos que sentarnos a esperar las siguientes olas de la crisis, cuando la gente deje de pagar las cuotas de sus autos, o sus tarjetas de crédito, limite sus gastos, no tome créditos de ninguna naturaleza, o simplemente ahorre en lugar de comprar. Si además consideramos que los fondos de pensiones, los fondos de inversión, privados o soberanos, y los propios organismos financieros multilaterales, tienen parte de sus inversiones en estos valores respaldados por activos, y que grandes corporaciones tienen garantizados sus préstamos con estos activos y otros instrumentos financieros estructurados, sin que nadie tenga certeza sobre la “toxicidad” de tales activos, cabe afirmar que la magnitud real de la crisis es desconocida. A esto nos han llevado los liberales. Y no se vayan, que todavia falta lo peor. No sabemos como terminará esto, pero si sabemos como empezó: es el resultado de una combinación especulación y avaricia, promoción abierta y activa de la apertura de los mercados de capital a bancos extranjeros e instrumentos financieros “innovadores”, y falta de control y regulación. No es difícil encontrar culpables: la banca y las instituciones financieras privadas, con la complicidad de las calificadoras de riesgo crediticio, los organismos multilaterales de crédito, promotores activos de la apertura de los mercados de capital y de los instrumentos financieros estructurados, y finalmente los gobiernos que aplicaron a rajatable el dogma liberal, privatizando todo cuanto encontraron a su paso y destruyendo el control estatal de los sinverguenzas, los estafadores y los crápulas. Para tratar de remediar este desastre miles de millones de dólares han sido volcados inutilmente en la banca en sucesivos rescates. Esta es la crisis más predecible de la historia reciente. Sobraban las advertencias de que ese crecimiento era insostenible. Sobraban también las advertencias de la tormenta que se avecinaba. Y los mas increible de todo: los que llevaron a este camino sin salida se mantienen en el poder en todas partes.

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sábado, 23 de mayo de 2009

Deudas peligrosas

La aseguradora de créditos francesa Coface rebajó su calificación para EEUU el año pasado. Coface tomó esta decisión tras advertir en los meses de enero y febrero de 2008 un deterioro en los pagos por parte de las compañías estadounidenses. Sin embargo, son las tres grandes agencias, Standard & Poor’s, Moody’s y Fitch, las que continúan teniendo el monopolio de la calificación de la solvencia de economías y empresas, a pesar de estar muy cuestionadas tras el estallido de la crisis económica, ya que muchas compañías que finalmente quebraron (como Lehman Brothers) o debieron ser rescatadas contaban con la mayor nota que conceden estas compañías privadas. De estas troika, una, la S&P, afirmó que se encuentra revisando la ‘triple A’ (calificación de máxima solvencia) del Reino Unido, Alemania y EEUU. Esta reducción complicaría la viabilidad de estos bastiones del capitalismo liberal, que están incurriendo en un alto gasto presupuestario para hacer frente a la crisis economica, que ellos mismos han desatado con sus torpezas y necedades. Así, EEUU necesita que sus bonos tengan el máximo grado de confianza para poder colocar sus ingentes emisiones justo cuando su solvencia economica esta en entredicho. China ya expresó su desconfianza hacia los bonos de la ex-mayor economía del mundo, y exigió que éstos tengan más garantías. Estos rumores hicieron que el bono del Tesoro a 10 años de EEUU se desplomara en los mercados secundarios de renta fija. El dólar corrió igual suerte.

jueves, 7 de mayo de 2009

Los librecambistas no leyeron a Adam Smith

Los mercados libres sin regulación estatal no figuran en las páginas de “La Riqueza de las Naciones”, de Adam Smith quien nunca usó la palabra capitalismo. No es posible extraer de sus trabajos alguna teoría sobre la suficiencia de la economía de mercado, o de la necesidad de aceptar el dominio del capital. ¿Qué es capitalismo exactamente?. Parecería que descansar sobre los mercados para las transacciones económicas es una condición necesaria para que una economía se identifique como capitalista. De manera similar, la dependencia del beneficio y de las recompensas individuales basadas en la propiedad privada se consideran como arquetipos característicos del capitalismo. Sin embargo, si estos son requisitos necesarios los sistemas económicos que tenemos actualmente, por ejemplo, en Europa y América no serían genuinamente capitalistas. Todos los países ricos en el mundo tienen, desde hace bastante tiempo, una parcial dependencia de las transacciones y de otros pagos que se producen en gran medida fuera de los mercados, como las prestaciones por desempleo, jubilaciones y la provisión de educación pública y salud. Los derechos económicos relacionados con tales servicios no se basan en la propiedad privada ni en los derechos de propiedad. Se suele olvidar que Smith no consideró que el mecanismo del mercado fuera un actor independiente de excelencia o que dependiera, para su funcionamiento, sólo de la maximización del beneficio. El mayor error consiste en interpretar que la limitada discusión que hace Smith sobre por qué la gente busca comerciar como si fuera un análisis exhaustivo sobre todas las normas de conducta e instituciones que él creyó necesarias para que funcione bien una economía de mercado. La gente busca el comercio por su propio interés. En cambio la economía necesita otros valores y compromisos - como la confianza mutua - para trabajar con eficiencia. En palabras del propio Smith: “Cuando la gente de un país determinado tiene confianza en la fortuna, probidad y prudencia de un determinado banquero como para creer que siempre estará dispuesto a pagar cuando se lo pida, los pagarés pasan a tener el mismo curso que el oro o la plata tienen como dinero.” Smith explicó por qué este tipo de confianza no siempre existe. En la crisis actual esa confianza desapareció y el capitalismo colapsó.

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