En los últimos 20 años, la configuración de la balanza internacional de pagos global es: Los países de Asia Oriental exportan mercancías físicas, los países abundantes en recursos naturales exportan éstos en tanto que EEUU exporta productos en dólar de la industria financiera a cambio de mercancías y recursos naturales. El déficit estadounidense en la balanza internacional de pagos ha venido ampliándose constantemente, sus deudas internas y externas han venido acumulándose en forma incesante y la expansión del crédito del dólar ha sido obvia. La actual crisis financiera es el colapso de esta configuración irrazonable y el dólar muestra una obvia pérdida de crédito. Pero por otro lado, muchos países del mundo ya han establecido en las pasadas actividades económicas vínculos de intereses con el dólar, en que cuando el uno está dañado, los otros también, de modo que es difícil que ellos permanezcan con los brazos cruzados ante el colapso del dólar. En segundo lugar, las demás monedas del mundo no tienen actualmente capacidad de sustituir el dólar. En cierto sentido, el dólar “ha secuestrado” al mundo y, en un determinado lapso en el futuro, el dólar mantendrá su posición predominante aunque tiende a debilitarse.
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viernes, 31 de octubre de 2008
miércoles, 29 de octubre de 2008
Bye, bye, dólar
¿Es posible que el Imperio de EEUU sucumba al supercrash financiero que está teniendo lugar? Hasta hace apenas dos meses, casi todo el mundo se habría tomado a broma que un país de la talla de Islandia, con una de las rentas per cápita más elevadas del planeta y líder del ránking de desarrollo humano que elabora periódicamente la ONU, suspendiera pagos. Esto es, que precisara del apoyo crediticio de organismos internacionales como el FMI para poder hacer frente a sus compromisos financieros y evitar así la bancarrota, al más puro estilo argentino. Y, sin embargo, tal situación acaba de producirse.
Este hecho pone de manifiesto que, tanto los medios de comunicación como los ciudadanos, no deberían aceptar con fe ciega las afirmaciones y diagnósticos que emiten los supuestos expertos la gran mayoría de ellos pertenecientes a la escuela económica errónea como la neoclásica.
Tras el estallido de la crisis de las hipotecas subprime en EEUU en agosto de 2007, los falsos gurús se apresuraron a tranquilizar los mercados insistiendo en que las turbulencias apenas se prolongarían hasta finales de año pero lo que en principio era un problema singular de las altas finanzas estadounidenses se ha convertido hoy en un colapso real y total del sistema financiero en su conjunto.
El billete verde carece del respaldo real del oro desde que se reformó el sistema monetario internacional a principios de los años 70. Es decir, su valor depende exclusivamente de la confianza que le otorguen tanto bancos centrales como inversores. Su solidez está basada en una mera cuestión de fe. Pero los recientes y continuos desplomes bursátiles, esta generando desconfianza hacia las divisas. La cuestión es, ¿por cuánto tiempo? A este respecto, tan sólo cabe indicar tres pistas significativas acerca de los movimientos que se están produciendo a nivel monetario.
Los bancos centrales han comenzado a reforzar sus balances incrementando sus reservas de oro. Y no sólo Rusia y China. El propio Banco Central Europeo ve con buenos ojos la restauración de un patrón oro. Los principales países productores de petróleo (OPEP) estudian seriamente desde hace tiempo sustituir el dólar por otro tipos de divisas en sus transacciones diarias de crudo. Y, por último, aunque no por ello, menos importante, China (principal poseedor de deuda estadounidense) aboga por eliminar el dólar en sus relaciones comerciales y emplear otras monedas.
Este hecho pone de manifiesto que, tanto los medios de comunicación como los ciudadanos, no deberían aceptar con fe ciega las afirmaciones y diagnósticos que emiten los supuestos expertos la gran mayoría de ellos pertenecientes a la escuela económica errónea como la neoclásica.
Tras el estallido de la crisis de las hipotecas subprime en EEUU en agosto de 2007, los falsos gurús se apresuraron a tranquilizar los mercados insistiendo en que las turbulencias apenas se prolongarían hasta finales de año pero lo que en principio era un problema singular de las altas finanzas estadounidenses se ha convertido hoy en un colapso real y total del sistema financiero en su conjunto.
El billete verde carece del respaldo real del oro desde que se reformó el sistema monetario internacional a principios de los años 70. Es decir, su valor depende exclusivamente de la confianza que le otorguen tanto bancos centrales como inversores. Su solidez está basada en una mera cuestión de fe. Pero los recientes y continuos desplomes bursátiles, esta generando desconfianza hacia las divisas. La cuestión es, ¿por cuánto tiempo? A este respecto, tan sólo cabe indicar tres pistas significativas acerca de los movimientos que se están produciendo a nivel monetario.
Los bancos centrales han comenzado a reforzar sus balances incrementando sus reservas de oro. Y no sólo Rusia y China. El propio Banco Central Europeo ve con buenos ojos la restauración de un patrón oro. Los principales países productores de petróleo (OPEP) estudian seriamente desde hace tiempo sustituir el dólar por otro tipos de divisas en sus transacciones diarias de crudo. Y, por último, aunque no por ello, menos importante, China (principal poseedor de deuda estadounidense) aboga por eliminar el dólar en sus relaciones comerciales y emplear otras monedas.
Pese a ello, el Gobierno de EEUU insiste en acudir al rescate de la banca, la industria, los planes de pensiones y hasta los hipotecados mediante la emisión de más y más montañas de papel moneda en forma de creciente deuda pública, destruyendo así su valor. Si los bancos centrales, principales tenedores de reservas en dólares, abandonan el billete verde, la crisis bancaria será, sin duda, el menor de los problemas a los que tendrá que enfrentarse el nuevo ocupante de la Casa Blanca.
martes, 28 de octubre de 2008
El mercado y la crisis financiera internacional
La práctica evidencia que los mercados no son perfectos, no se autorregulan y padecen deficiencias. Si se deja a su libre albedrío es lo mismo dejar la voluntad gobernada no por la razón, sino por la avaricia y el capricho. El “orden espontáneo” del infable F. Hayek ha destruido inmensas riquezas y ha ocasionado un descalabro mundial, nada parecido a un orden perfecto, ni a una generación de equilibrio económico “guiado por una mano invisible”. Smith reconocía el poder de los mercados, pero a diferencia de sus discípulos liberales, también reconocía sus límites. La experiencia se está encargando de demostrarlo. Los mercados están siendo rescatados por la “mano visible” el Estado. En la mayoría de los casos aún se desconocen los detalles de los "planes de rescate” y cómo se desarrollarán, de lo que si se puede tener certeza es de que los principales y directos beneficiados de las medidas adoptadas seran las instituciones financieras, pero la factura será pagada por las clases trabajadoras y medias. Es decir, como siempre sucede, los desastres los hacen los ricos por querer ser mas ricos sin generar riqueza y la cuenta la pagan los pobres. El difundo Marx sonrie desde el mas allá.
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lunes, 27 de octubre de 2008
Medidas para el desarrollo industrial
Hay mucho de positivo en la actual crisis internacional, porque no sólo se han caído los falsos argumentos de las teorías neoliberales y del fundamentalismo del mercado sino que también quedó cuestionado el dinero –el capital– como creador de valor, o sea de trabajo. Es el conocimiento aplicado a la producción industrial el que genera el valor y el trabajo. En la Argentina hubo varios intentos de promover el desarrollo industrial y también varios intentos deliberados de destruirlo. No es casualidad que quien más hizo por destruir la industria nacional, la última dictadura, haya sido el autor de la ley de facto –ley 22.021– aún vigente de promoción y desarrollo. En otras palabras: no existen promociones industriales; las que existían fueron derogadas. La ley 22.021 es el único régimen de promoción nacional que otorga la facultad de aplicar impuestos nacionales para actividades productivas difiriendo su devolución hasta un plazo posterior variable, según el proyecto, a su puesta en marcha. Esta ley de facto está vigente pero en la práctica… no existe. En el Presupuesto de 1999 se le incorpora cupo fiscal a instancia de los diputados nacionales de Santa Cruz , por primera vez, pero el gobierno de la Alianza lo veta y las sucesivas leyes de Presupuesto nacional no le otorgaron cupo fiscal. Con el veto del Ejecutivo en 1999 este se comprometió a enviar un nuevo proyecto cosa que nunca a hecho. También, en esos años, varios legisladores nacionales de provincias del norte argentino presentaron un proyecto de ley que tuvo estado parlamentario. Se planteaba utilizar como fondo inicial el de las AFJP, para generar empleo en número significativo, con inversiones en todo el país. Este proyecto se rechazo de plano. Pero si se aceptó que las AFJP financiaran por más de 15.000 millones a empresas del extranjero y a empresas extranjeras, en suelo argentino, de alta concentración económica. ¿Qué resultado se hubiera obtenido si esos fondos se hubieran utilizado para el desarrollo productivo de pequeñas y medianas empresas argentinas con un perfil innovador?. Nunca lo sabremos. El proyecto ni siquiera tuvo tratamiento. En la Argentina los criterios de no promoción han estado basados en principios de libertad de mercado, de no ingerencia del Estado y de resguardo de los costos fiscales. Este concepto parte de dos errores. Uno, considerar que la actividad productiva, en las zonas subdesarrolladas, existiría igual sin la promoción. El otro, que los fondos destinados a promoción son costos y no inversiones. Nunca se ha tenido en cuenta el recupero en impuestos que genera cada proyecto productivo. Lo que en principio el Estado no recibe por la puesta en marcha de inversiones productivas se recupera (y con incrementos) con la generación de nuevos y diversos tributos. De manera que las promociones industriales bien hechas terminan por no tener costo fiscal.
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viernes, 24 de octubre de 2008
El fin del capitalismo anglosajón
En estos días estamos viviendo el final del modelo de capitalismo anglosajón que se forjó en la década de los 70 y se impuso con contundencia en los 80 con el triunfo electoral de Ronald Reagan en EEUU. Un modelo del capitalismo de mercado que huía como de la peste de cualquier tipo de regulación. El mercado era lo suficientemente sabio para regularse a sí mismo.Sin embargo, esta teoría, que ha funcionado durante tres décadas, lo que ha parido al final es una crisis de enormes implicaciones. Mirando hacia el futuro, el gran interrogante es qué modelo económico-financiero debe emerger de las ruinas de un capitalismo global de mercado que ha alardeado de su capacidad autorreguladora, flexibilidad y dinamismo como factores de progreso. La autorregulación y la superación por sí mismo de ese modelo de capitalismo no han funcionado. Los liberales se reían de Keynes por considerar que los gobiernos deben guiar a los mercados para asegurar su eficacia. Pero la crisis ha demostrado que la autorregulación no ha funcionado, sino todo lo contrario. La ambición, la ineficacia y la corrupción --elementos que forman parte de la naturaleza humana-- han provocado la actual crisis galáctica. Los mercados, en algunas coyunturas, “no siempre tienen la razón”. El mercado, además, no redistribuye el ingreso. Aunque el gobierno estadunidense no lo acepte, su sistema bancario está nacionalizado. Ante el tamaño del problema que se creó, tuvo que recurrirse a una medida extrema que, en los tiempos difíciles de América Latina hace unos cuantos lustros, habría obtenido una calificación reprobatoria por parte del Fondo Monetario Internacional. El rescate, con un costo de 700 mil millones de dólares, es una medida de corto plazo que tiene como fin impedir el colapso del sistema bancario estadunidense. No obstante, esta inyección monetaria sólo garantizaría las deudas bancarias de manera temporal, lo que si bien contribuye a apuntalar a los bancos en el corto plazo no incrementa, de manera significativa, la confianza de los ahorradores.
miércoles, 22 de octubre de 2008
Una teoría económica a la deriva
¿Cómo explica la teoría económica la actual crisis de las principales economías capitalistas del mundo? La verdad es que si analizamos la teoría económica que predomina en los bancos centrales y ministerios de Hacienda, veremos que no puede explicarnos la crisis. Es más, para esa teoría, la crisis no debería estar ocurriendo.
En la década de los 70 se presenta una doble crisis en la teoría económica. En la llamada teoría microeconómica la crisis es terminal: para 1974 ya está demostrado que no existe una base científica para pensar que los mercados asignan los recursos de una sociedad de manera eficiente. Eso debería haber sido suficiente para declarar cerrado el programa de investigación teórica basado en la fe en la bondad del mercado libre. Pero los economistas en el mundo académico prefirieron ignorar los problemas y siguieron torturando a sus estudiantes, enseñándoles la parte sin interés de la teoría de equilibrio general y evitando mencionarles que con esa teoría no se puede demostrar cómo se forman los precios de equilibrio. Desde entonces, vemos salir de las universidades legiones de economistas que creen (injustificadamente) que en alguna parte existe una teoría rigurosa que demuestra que los mercados asignan los recursos de una sociedad de manera eficiente.
En la teoría macroeconómica sucedió algo peor. En la década de los 60 los economistas que se reclamaban de Keynes descubrieron la llamada curva de Phillips y pensaron podían utilizarla para completar y defender el pensamiento de su maestro. Grosso modo, esa curva decía que existía una relación inversa entre desempleo e inflación: cuando aumentaba la inflación, el desempleo disminuía y viceversa. Pero en los años 70 se presentó un episodio de inflación con desempleo. Según el modelo, eso no debería estar pasando.
La estanflación marcó la debacle de esta vertiente del keynesianismo y el auge del pensamiento monetarista. Bajo el liderazgo de Milton Friedman surgió una visión de la economía según la cual “la inflación siempre y en todo lugar es un fenómeno monetario”. De acuerdo con este razonamiento, la variable clave para estabilizar los precios sería la oferta monetaria. Sin un análisis científico serio, Friedman concluyó que ese resultado (controlar la inflación) sería compatible con niveles adecuados de empleo. La base de todo este razonamiento es la fe inquebrantable en la estabilidad de los mercados en una economía capitalista (justo lo contrario de lo que la teoría microeconómica había descubierto para 1974).
En un ensayo publicado en 1968 Friedman concluyó con la idea sorprendente de que para cada nivel de pleno empleo, hay una tasa “natural” de desempleo. Esa tasa natural corresponde a lo que se ha llamado desempleo friccional (determinado por el tiempo que pasan los trabajadores buscando empleo). De aquí se derivó la NAIRU, acrónimo en inglés que corresponde a la tasa de desempleo compatible con una tasa de inflación sin aceleración en el incremento de precios. Todo este edificio teórico servía para justificar que el objetivo único de la política monetaria debía ser el control de la inflación.
Para los 90, economistas como Bob Eisner habían destruido las bases analíticas de la NAIRU. Y en los hechos la tasa de desempleo se redujo una y otra vez, sin que se disparara la inflación. Es más, la oferta monetaria tuvo fuertes variaciones y la inflación no aumentó. Todo eso desmintió brutalmente la creencia central de los monetaristas sobre la relación entre oferta monetaria e inflación.
En cuanto a la inestabilidad en los mercados financieros, la serie de crisis de los años 90 debió por lo menos sacudir la fe de los monetaristas en la estabilidad de los mercados capitalistas y llevarlos a concluir en la necesidad de volver a regular el sector financiero. No fue así. ¿Serán tontos? No, lo que sucede es que las autoridades monetarias viven subordinadas a los intereses del sector financiero.
Hoy observamos que en la Reserva Federal sigue dominando un esquema monetarista. Por eso el problema para la política macroeconómica se define como antes: hay que encontrar el nivel preciso de oferta monetaria para controlar la inflación y mantener el empleo en un nivel adecuado. La Fed se equivoca nuevamente: el origen de la crisis se encuentra en la desregulación financiera y en una política monetaria dedicada a alimentar burbujas especulativas.
Por eso las teorías que dominan en la Fed (y en muchos bancos centrales) no pueden decir nada relevante sobre la crisis: ni sobre sus orígenes, ni sobre la política para enfrentarla. El verdadero problema es que el mercado capitalista es intrínsecamente inestable y la crisis es la forma natural de vida de este sistema económico. En un marco reformista por lo menos habría que acordar que la respuesta de política correcta es la regulación y la intervención pública.
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En la década de los 70 se presenta una doble crisis en la teoría económica. En la llamada teoría microeconómica la crisis es terminal: para 1974 ya está demostrado que no existe una base científica para pensar que los mercados asignan los recursos de una sociedad de manera eficiente. Eso debería haber sido suficiente para declarar cerrado el programa de investigación teórica basado en la fe en la bondad del mercado libre. Pero los economistas en el mundo académico prefirieron ignorar los problemas y siguieron torturando a sus estudiantes, enseñándoles la parte sin interés de la teoría de equilibrio general y evitando mencionarles que con esa teoría no se puede demostrar cómo se forman los precios de equilibrio. Desde entonces, vemos salir de las universidades legiones de economistas que creen (injustificadamente) que en alguna parte existe una teoría rigurosa que demuestra que los mercados asignan los recursos de una sociedad de manera eficiente.
En la teoría macroeconómica sucedió algo peor. En la década de los 60 los economistas que se reclamaban de Keynes descubrieron la llamada curva de Phillips y pensaron podían utilizarla para completar y defender el pensamiento de su maestro. Grosso modo, esa curva decía que existía una relación inversa entre desempleo e inflación: cuando aumentaba la inflación, el desempleo disminuía y viceversa. Pero en los años 70 se presentó un episodio de inflación con desempleo. Según el modelo, eso no debería estar pasando.
La estanflación marcó la debacle de esta vertiente del keynesianismo y el auge del pensamiento monetarista. Bajo el liderazgo de Milton Friedman surgió una visión de la economía según la cual “la inflación siempre y en todo lugar es un fenómeno monetario”. De acuerdo con este razonamiento, la variable clave para estabilizar los precios sería la oferta monetaria. Sin un análisis científico serio, Friedman concluyó que ese resultado (controlar la inflación) sería compatible con niveles adecuados de empleo. La base de todo este razonamiento es la fe inquebrantable en la estabilidad de los mercados en una economía capitalista (justo lo contrario de lo que la teoría microeconómica había descubierto para 1974).
En un ensayo publicado en 1968 Friedman concluyó con la idea sorprendente de que para cada nivel de pleno empleo, hay una tasa “natural” de desempleo. Esa tasa natural corresponde a lo que se ha llamado desempleo friccional (determinado por el tiempo que pasan los trabajadores buscando empleo). De aquí se derivó la NAIRU, acrónimo en inglés que corresponde a la tasa de desempleo compatible con una tasa de inflación sin aceleración en el incremento de precios. Todo este edificio teórico servía para justificar que el objetivo único de la política monetaria debía ser el control de la inflación.
Para los 90, economistas como Bob Eisner habían destruido las bases analíticas de la NAIRU. Y en los hechos la tasa de desempleo se redujo una y otra vez, sin que se disparara la inflación. Es más, la oferta monetaria tuvo fuertes variaciones y la inflación no aumentó. Todo eso desmintió brutalmente la creencia central de los monetaristas sobre la relación entre oferta monetaria e inflación.
En cuanto a la inestabilidad en los mercados financieros, la serie de crisis de los años 90 debió por lo menos sacudir la fe de los monetaristas en la estabilidad de los mercados capitalistas y llevarlos a concluir en la necesidad de volver a regular el sector financiero. No fue así. ¿Serán tontos? No, lo que sucede es que las autoridades monetarias viven subordinadas a los intereses del sector financiero.
Hoy observamos que en la Reserva Federal sigue dominando un esquema monetarista. Por eso el problema para la política macroeconómica se define como antes: hay que encontrar el nivel preciso de oferta monetaria para controlar la inflación y mantener el empleo en un nivel adecuado. La Fed se equivoca nuevamente: el origen de la crisis se encuentra en la desregulación financiera y en una política monetaria dedicada a alimentar burbujas especulativas.
Por eso las teorías que dominan en la Fed (y en muchos bancos centrales) no pueden decir nada relevante sobre la crisis: ni sobre sus orígenes, ni sobre la política para enfrentarla. El verdadero problema es que el mercado capitalista es intrínsecamente inestable y la crisis es la forma natural de vida de este sistema económico. En un marco reformista por lo menos habría que acordar que la respuesta de política correcta es la regulación y la intervención pública.
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martes, 21 de octubre de 2008
La debacle económica de EEUU
La FED decidió comprar acciones de los principales bancos. Esto es, dentro del contexto estadounidense, un acto de absoluta desesperación como complemento de una serie de acciones cada vez más desesperadas. Es un indicador de que la crisis está fuera de control. El procedimiento operativo estándar cuando hay una crisis crediticia es que el Banco Central inunde la economía con liquidez pero el gobierno de Estados Unidos esta asistiendo frenéticamente con montos cada vez más grandes, intentando absolutamente todo lo que está a su alcance sin ningun resultado positivo. Los bancos centrales del mundo redujeron las tasas de interés. No funcionó. Las caídas de los mercados continúan. El contagio financiero se esparció globalmente, con toda Europa y ahora Japón arrastrados en la caída. Y en los Estados Unidos, donde la propiedad privada probablemente sea más sacrosanta que en cualquier otra parte del mundo, se nacionaliza a los bancos. ¿Porque nada da resultado? Porque esta no es una crisis de liquidez que puede ser resuelta inyectando más dinero en el mercado financiero o bajando las tasas de interés. Es una crisis de solvencia, donde la situación patrimonial de las instituciones financieras de los Estados Unidos fue aniquilada por el valor decreciente de los préstamos que poseen. El consumo está colapsando en los Estados Unidos. Su economía no esta basada en la producción sino en la deuda. Es ficticia y está sobreendeudada. Desde hace tres décadas su economía no tiene existencia real.
viernes, 10 de octubre de 2008
Causas de la crisis económica del imperio norteamericano
El rescate financiero estadunidense anunciado por el presidente George W. Bush, por un monto de 700 mil millones de dólares, es el mayor en la historia del planeta. Equivale a dos terceras partes del PIB de México. A la reconstrucción de Europa después de la Segunda Guerra Mundial o a la inyección económica en Japón después de la primera bomba nuclear. De ese tamaño es la lesión que padece la economía de Estados Unidos. ¿Cómo se llegó a esta situación? Básicamente por tres vías. Por un lado, la crisis hipotecaria; es decir, la autorización generalizada de créditos para adquirir vivienda, más allá de la capacidad de pago de los usuarios de la banca. Un boom que tuvo su efecto espejo en los últimos cinco años en nuestro país. En segundo término, la presión sobre los fondos de retiro de millones de trabajadores estadunidenses, de pronto las aseguradoras no han tenido recursos suficientes para cubrir las pensiones de millones de ciudadanos. Falló el cálculo actuarial para los “baby boomers”. La generación del rock y del “peace and love” ha vivido más tiempo del que se estimó y ahora exigen su pensión mensual a tiempo y sin descuentos. En tercer término, la guerra en Irak. Esta aventura bélica ha resultado la más costosa en términos de vidas y recursos fiscales para los estadunidenses. Desde hace seis años, el gobierno ha destinado 100 mil millones de dólares por año (un total de 600 mil mdd) para ocupar el territorio de uno de los principales productores de petróleo en el Medio Oriente, sin que hasta el momento se vislumbre el fin de esta sangría de vidas y recursos de los estadunidenses. Entre las causas de la caída de las potencias históricas se encuentra una: la guerra, el apetito bélico, que de ser un motor económico de expansión se convierte de pronto en la guillotina de estos imperios. Si la guerra en Irak, que se supone iba a ser una “cirugía corta y no dolorosa” según expresión de sus promotores en el gobierno de Bush, se ha convertido en un pesado déficit fiscal para Estados Unidos (600 mil mdd), el rescate bancario por 700 mil mdd para detener el colapso del sistema financiero viene a ser el equivalente a un hoyo negro fiscal. Lo peor de todo es que a pesar de este rescate, que compromete el ahorro de la próxima generación de estadunidenses, no existe garantía alguna para detener una debacle económica en puerta. Una de las primeras reacciones políticas de un imperio en problemas es aislarse del resto del planeta. La caída de China, por ejemplo, empezó con la construcción de su famosa muralla. Ese aislamiento es producto de la arrogancia que hace creer a los imperios que, además de ser el ombligo del mundo, son el mundo mismo. Aparecen entonces las políticas unilaterales, las bardas en las fronteras, la xenofobia y las “guerras justas” o en el nombre de Dios. Bush tomo el clasico camino de aislamiento, belicismo y unilateralidad que lleva a los imperios al desastre.
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jueves, 2 de octubre de 2008
La gran estafa del mercado delincuente
El plan de estabilización de los yanquis consiste en envolver el impacto de la explosión de la burbuja inmobiliaria dentro de una burbuja mucho más grande. Los 850 mil millones no están orientados a atacar el problema real. Por el contrario, se diría que lo agravan. Y a muy corto plazo, en cuestión de semanas. El problema real es que Estados Unidos se armó, para sí y para el mundo, un sistema financiero divorciado de la actividad productiva, un sistema que dejó de estar al servicio de la creación de riqueza y que, en cambio, creó un maravilloso mecanismo de multiplicación de dinero para quienes pudieran aprovecharlo. El asunto es que, como paralelamente no se creaba una riqueza semejante a esa acumulación, sólo podían estar sucediendo dos cosas: se estaba asistiendo a una fabulosa transferencia de riquezas en favor de los “jugadores más afortunados” en la ruleta o se estaba creando un capital ficticio (papeles y activos que no valían lo que decían valer). Lo que sucedió fue una perversa combinación de ambas. ¿Cómo pudo pasar, y justo en el corazón del capitalismo? Las hipotecas basura son apenas la punta del iceberg de una enorme estafa a la que fue sometido el norteamericano medio. Se alentó la compra de viviendas por parte de quienes no tenían con qué pagarlas con la ilusión de que las casas “se pagaban solas”, por una suba en su valorización que iba a superar largamente el costo del crédito obtenido para comprarla con hipoteca. Los financistas le hicieron creen a los ingenuos y codiciosos que se puede comprar sin plata, endeudarse y esperar multiplicar la inversión inicial tanto como para cancelar la deuda y quedarse con el capital adquirido. Los intermediarios del negocio (bancos de inversión, sociedades de crédito, aseguradoras, fondos de riesgo) se valieron del comercio electrónico para poder multiplicar al infinito las operaciones y reducir a segundos su concreción. La virtualidad hizo creer que multiplicando las operaciones se reducía el riesgo. Pero pasó lo contrario, porque el inversor en este juego se vio obligado a actuar como jugador adicto: a más apuesta, más necesitaba ampliar la masa de dinero en juego. Pero un día, la carroza volvió a ser calabaza, como en el cuento. El plan que votó el Senado no dice cómo desarmar esta terrible maquinaria. Por el contrario, aceita las piezas respaldando a las entidades (apostadores) que jugaron fuerte y perdieron. Los compradores de viviendas y depositantes, que le prestaron la plata para su aventura, ahora deben creer en la “solvencia” del sistema y soñar así con recuperar lo suyo. Es decir, deben seguir siendo los “bolu” de esta historia. El plan no resuelve la ficción sincerando la verdadera contabilidad bancaria. Por el contrario, la encubre, diciendo que entidades quebradas son confiables. El costosísimo valor enunciado solo hará más contundente el problema real. El gobierno que crea panico para poder darle salida a la ley que necesita para seguir con la estafa, recurrió a una ficción todavía mayor, sin sonrojarse siquiera por lo ilógico del planteo: la enorme partida de 850 mil millones de dólares que costará no se pagará con más impuestos, sino que los contribuyentes pagarán menos impuestos. En síntesis, en yanquilandia todo el mundo a perdido la razón, tanto los estafadores como los estafados. El rescate se pagará con una fabulosa emisión de dólares, lo cual convertirá a la moneda estadounidense, precisamente, en la nueva burbuja. La futura burbuja que estallará va a ser la del dólar, y asi el “sueño americano” se autodestruirá como aquellas cintas de la serie “Mision imposible”.
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